divendres, 6 de setembre de 2019

Rosa y la cuestión nacional según Mary-Alice Waters (1970)

Rosa y la cuestión nacional (III) 

Joan Tafalla 

Prosigo acumulando materiales y lecturas para un trabajo sobre Rosa Luxemburg y la cuestión nacional. Mientras leo todos los trabajos de Rosa sobre el tema publicados en castellano que me han llegado a las manos, también voy leyendo a diversos autores que trataron del asunto. Ahora se trata de la introducción que Mary-Alice Waters hizo para una obras escogidas de nuestra autora, publicadas en Bogotá en 1976 y anteriormente en New York, 1970.


Ficha bibliográfica: 
Rosa Luxemburgo, Obras escogidas, 1, Introducción de Rosa Luxemburgo, Obras escogidas, 1, Introducción de Mary-Alice Waters, traducción de Daniel Acosta, Bogotá, Editorial Pluma Ltda, 1976. Edición original: Rosa Luxemburgo Speaks, New York, Pathfinder Press, 1970. 
Rosa Luxemburgo, Obras escogidas, 2, traducción de Daniel Acosta, Bogotá, Editorial Pluma Ltda, 1976. Edición original: Rosa Luxemburgo Speaks, New York, Pathfinder Press, 1970.

Comentario: Estas obras escogidas no contienen los textos principales de Rosa referentes a la cuestión nacional. Sólo se incluyen en esta antología El Folleto de Junius (1916) La Revolución Rusa (1918),que como sabemos contienen fragmentos importantes de la posición de Rosa sobre la cuestión nacional, pero no son sus escritos fundamentales sobre el tema desde el punto de vista teórico. 
En los años en que escribió la introducción a estas obras escogidas, Mary-Alice Waters, formaba parte del Socialist Workers Party de los USA. Coherentemente, la introducción pretende una reivindicación trotskista del conjunto de la obra Rosa Luxemburg. 
A principios de la década de 1980, Waters, junto con Jack Barnes y otros líderes del SWP, comenzaron a rechazar la etiqueta de "trotskismo" y la teoría de la revolución permanente, a favor de establecer vínculos con el Partido Comunista de Cuba y el Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Hoy, Waters es el presidente de Pathfinder Press y el editor de la revista New International. Ha escrito varios libros sobre temas políticos.
En el apartado de dicha Introducción dedicado a La cuestión nacional, que reproduzco a continuación (pp. 21-26 de la edición colombiana), se critica las posiciones de RL  sobre el tema nacional recogiendo las opiniones de Lenin y de Trotsky. Reproduzco ese apartado, sin que ello quiera decir que me identifique con él. 
Estos textos forman parte de la recopilación de valoraciones  y comentarios que hechos por diversos biógrafos o comentaristas de Rosa que estoy leyendo y que iré publicando sucesivamente : Paul Frolich ( ya publicado en este blog, también aquí), o de próxima publicación: Bolivar Echeverria, Claudie Weil, Gustau Muñoz, José Mª Vidal Villa, Georges Haupt, María José Aubet, Lelio Basso, Kevin Anderson, José Maria vidal Villa, Raya Dunayevskaya, o más modestamente, Joaquín Miras y Joan Tafalla.

Sabadell, 6 de septiembre de 2019.

Demos la palabra a Mary Alice Waters.
Rosa y la cuestión nacional


“Los errores principales de Rosa Luxemburg se centran en tres problemas: el derecho de autodeterminación; la naturaleza del partido y sus relaciones con las masas; y algunos aspectos de la política bolchevique posterior a la Revolución de Octubre. Sus errores teóricos en el terreno de la economía, desarrollados en La acumulación de capital, también son importantes para la historia del marxismo, pero puesto que su escritos económicos están fuera de los alcances de este libro nos referiremos a ellos al pasar.
Del principio al fin de su vida política, Rosa Luxemburgo fue enemiga acérrima de la posición marxista sobre el significado revolucionario de las luchas de las minorías nacionales oprimidas y de las naciones por su autodeterminación. Publicó sus primeros escritos sobre el tema en 1893 y los últimos pocos meses antes de su muerte, en un folleto sobre la Revolución Rusa. Puede decirse con certeza que no cambió de parecer al respecto antes de su asesinato.
Publicó gran parte de sus escritos sobre las luchas nacionales en polaco, y desgraciadamente pocos han sido traducidos a otros idiomas. Por ejemplo, el más importante, La cuestión de la nacionalidad y la autonomía, escrito en 1908, jamás ha sido publicado en otro idioma que el original polaco. Lenin polemiza contra este escrito en El derecho de las naciones a la autodeterminación, uno de sus trabajos fundamentales. Sin embargo, la esencia de su posición está expresada en el Folleto de Juniusy en la parte de La Revolución Rusadedicada al problema nacional. Ambos figuran en esta colección.
Sin enumerar todos los argumentos y ejemplos en que se apoya, se puede sintetizar su posición de la siguiente manera: un objetivo del socialismo es la eliminación de toda forma de opresión, incluso el sometimiento de una nación a otra. Sin la elminación de toda forma de opresión no se puede hablar de socialismo. Pero Rosa Luxemburgo sostenía que era incorrecto que los revolucionarios afirmaran el derecho incondicional de todas la naciones a la autodeterminación. La autodeterminación era irrealizable bajo el imperialismo; una u otra de las grandes potencias imperialistas la pervertiría siempre. Bajo el socialismo eliminaría todaslas fronteras nacionales, por lo menos en un sentido económico, y los problemas secundarios de idioma y cultura se resolverían sin mayores dificultades.
El abogar por el derecho de las naciones autodeterminación era, en el sentido estratégico, sumamente peligroso para la clase obrera internacional, puesto que fortalecía a los movimientos nacionalistas que inevitablemente quedarían bajo la dirección de su propia burguesía. Opinaba que el apoyo a las aspiraciones separatistas sólo servía para dividir a la clase obrera internacional, no para unificarla en la lucha común contra las clases dominantes de todas las naciones. Abogar por el derecho de las naciones a la autodeterminación que ella calificó de “fraseología y embuste hueco y pequeñoburgués”, sólo sirve para corromper la conciencia de clase y confundir la lucha de clases. En LA Revolución Rusadice que “el carácter utópico, pequeñoburgués de esta consigna nacionalista” (derecho de autodeterminación de las naciones) reside en que en medio de la cruda realidad de la sociedad de clases, cuando los antagonismos de clase están exacerbados, se convierte en otro medio para la dominación de la clase burguesa”.
Lenin y otros defensores de la posición marxista le respondieron clara y tajantemente.
No basta, dijeron, con afirmar que los socialistas se oponen a toda forma de explotación y opresión. Todos los políticos capitalistas dicen lo mismo. Como lo expresó la misma Rosa Luxemburgo con tanta fuerza, la Primera Guerra Mundial se libró bajo la supuesta bandera de garantizar la autodeterminación de las naciones. Los socialistas deben demostrar en la acción a las minorías nacionales oprimidas y explotadas que sus consignas no son huecas y carentes de significado como las de las clases dominantes.
Teóricamente es un error decir que jamáspuede lograrse la autodeterminación bajo el capitalismo. Un ejemplo es la independencia que Noruega obtuvo de Suecia en 1905 con la ayuda de los obreros suecos.
Un gobierno socialista, afirmó Lenin, puede ganar a las minorías oprimidas para su causa sólo si está dispuesto y es capaz de demostrar su apoyo incondicional al derecho de ese pueblo de formar una estado si así lo quiere. Cualquier otra política equivaldría a la retención forzada de distintas nacionalidades dentro de un estado, una opresión nacional en nada distinta de la opresión nacional que practica el imperialismo. La libre asociación de las distintas nacionalidades en una unidad política sólo puede obtenerse garantizando primero el derecho de cada uno de retirarse de esa unidad. Lenin acusó a Rosa Luxemburgo de tratar de soslayar la cuestión de la autodeterminación nacional pasando al terreno de la interdependencia económica.
Paradójicamente, mientras los socialistas deben luchar por el derecho incondicional a la autodeterminación, incluido el derecho a la separación, el único partidoque puede dirigir esa lucha y garantizar la victoria de la revolución socialista es un partido centralista democrático como el que construyeron los bolcheviques, que incluye en sus filas y en su dirección a los sectores más conscientes de la clase obrera, el campesinado y los intelectuales de todas las nacionalidades que existen en las fronteras del estado capitalista. Como dijo Trotsky en la Historia de la Revolución Rusa: “La organización revolucionaria no es el prototipo del futuro estado sino simplemente el instrumento de su creación… Así la lucha centralizada puede garantizar el éxito de la lucha revolucionaria, aun donde la tarea sea la de destruir la opresión centralizada de las nacionalidades.”[1]
Al mismo tiempo, agrega Lenin, el apoyo incondicional al derecho de autodeterminación no significa que los socialistas de la nación oprimida tengan la obligación de luchar por la separación. Ni entraña tampoco el apoyo a la burguesía nacional de la nación oprimida, salvo – como explica Lenin en El derecho de las naciones a la autodeterminación-en la medida en que “el nacionalismo burgués de cualquiernación oprimida posee un contenido democrático general dirigido contrala opresión; a este contenido lo apoyamos incondicionalmente.”[2]Pero solo la clase obrera y sus aliados pueden llevar esta lucha hasta el final y las masas oprimidas jamás deben confiar en su propia burguesía que, dados sus vínculos con la clase dominante de la nación opresora, y el capital internacional, no puede llevar esta lucha hasta su culminación.
Lenin explicó muchas veces que sus desacuerdos con Rosa Luxemburgo y los socialdemócratas polacos no radicaban en la negativa de éstos a exigir la independencia de Polonia, sino en que intentaran negar la obligación de los socialistas de apoyar el derechoa la autodeterminación y especialmente en que intentaran negar la absoluta necesidad de que el partido socialista revolucionario de la nación opresora garantice incondicionalmente ese derecho. Al final de El derecho de la naciones a la autodeterminación Lenin señala que a los socialdemócratas polacos “su lucha contra la burguesía polaca, que engaña al pueblo con sus consignas nacionalistas, los llevó a negar, incorrectamente, la autodeterminación”.[3]
Por último, sostenía que el derecho de es uno de los derechos democráticos fundamentales de la revolución burguesa y que los socialistas tienen la obligación de luchar por los derechos democráticos. “Así como no puede haber socialismo triunfante que no practiques la democracia plena, el proletariado no puede prepararse para triunfar sobre la burguesía sin una lucha coherente y revolucionaria por la democracia”.[4]
El argumento de Rosa Luxemburg de que la consigna de autodeterminación es irrealizable bajo el capitalismo ignora el hecho de que “no sólo el derecho de las naciones a la autodeterminación, sino todaslas consignas fundamentales de la democracia política son parcialmente “realizables” bajo el imperialismo, aunque en forma distorsionada y excepcional”.[5]
“No hay una sola de estas reivindicaciones que no pueda servir, y que no haya servido en determinados casos, de instrumento en manos de la burguesía para engañar a los obreros”.[6]Por ello de ninguna manera exime a los socialistas de la obligación de luchar por los derechos democráticos, denunciar los engaños de la burguesía y demostrar a las masas que sólo la revolución socialista puede llevar a la plena realización de los derechos democráticos proclamados por la burguesía.
Rosa Luxemburgo creía sinceramente que la política bolchevique para la autodeterminación nacional era desastrosa y provocaría la liquidación de la revolución. Pero no podía estar más equivocada.
La Revolución de Febrero de 1917, que instauró una república liberal en Rusia, produjo un gran despertar de las naciones oprimidas del imperio zarista, pero la igualdad formal que les dio la Revolución, sólo sirvió para demostrarles mejor el grado de su opresión. Y la negativa del gobierno liberal burgués a conceder, entre febrero y octubre, el derecho de autodeterminación cimentó la oposición de las nacionalidades oprimidas al gobierno menchevique de Petrogrado, sellando así su destino.
Sólo garantizando la autodeterminación, e inclusiva el derecho a la separación de las pequeñas nacionalidades oprimidas de la Rusia zarista, el Partido Bolchevique se ganó su confianza indestructible. Esta confianza resultó en última instancia decisiva en la batalla contra la contrarrevolución y no condujo a la desintegración de las fuerzas revolucionarias, como temía Rosa Luxemburgo, sino a su victoria en las naciones oprimidas al igual que en la Gran Rusia.
Rosa subestimó totalmente al tremenda fuerza del nacionalismo que despertó en Europa Oriental recién a comienzos del siglo XX. No comprendió que estos movimientos estaban destinados a estallar con toda su furia despuésde la Revolución Rusa, y no porque los bolcheviques los alentaran sino en virtud de la dinámica interna generada por el despertar de las masas oprimidas.
Una de las declaraciones de Rosa Luxemburgo que más se suelen citar está tomada de La revolución Rusa; describe el nacionalismo ucraniano como un “simple capricho, la ilusión de unos cuantos intelectuales pequeñoburgueses sin el menor arraigo en las relaciones económicas del país”. Trotsky le respondió en el capítulo “El problema de las nacionalidades” de Su Historia de la Revolución Rusa.
“Cuando Rosa Luxemburgo, en su polémica postura contra el programa de la Revolución de Octubre, afirmó que el nacionalismo ucraniano, que antes había sido una mera diversión de la intelligentsiapequeñoburguesa, fue inflado artificialmente por la levadura de la consigna bolchevique de autodeterminación cayó, pese a su lucidez, en un serio error histórico. El campesinado ucraniano, que no había formulado consignas nacionales en el pasado por la simple razón de que no había alcanzado el nivel de ente político. El gran aporte de la Revolución de Febrero –quizás el único pero ampliamente suficiente- fue precisamente el haberles dado a las clases y naciones oprimidas de Rusia, por fin, la oportunidad de expresarse. Sin embargo, este despertar político del campesinado no se podría haber manifestado de otra manera que a través de su propio lenguaje, con todas sus consecuencias en los aspectos de la educación, la justicia, la autoadministración, etcétera. Oponerse a ello hubiera significado tratar de liquidar la existencia del campesinado.”[7]
No pocos historiadores han querido demostrar que la oposición de Rosa al movimiento nacionalista fue puesta en práctica años después por Stalin. Con su cruel persecución a las naciones oprimidas y todos los horrores que le fueron inherentes. Pero las acciones de Stalin fueron una perversión del programa de Rosa Luxemburgo como el de Lenin. Un editorial de la revista New Internationalde marzo de 1935 planteaba: “Puede imaginarse a Rosa en compañía de quienes estrangularon la Revolución en China otorgándole a Chiang Kai-shek y a la burguesía china la dirección del movimiento para “liberar a la nación del yugo del imperialismo extranjero”?¿Puede imaginarse a Rosa en compañía de aquellos que saludaron, después de un golpe de estado, al mariscal Pilsudski como el “gran demócrata nacional” que instauraba “la dictadura democrática del proletariado y el campesinado” en Polonia?¿Puede imaginarse a Rosa en compañía de aquellos que durante años canonizaron y glorificaron a cada demagogo nacionalista que tenía la amabilidad de enviar tarjeta al Kremlin...? [Unos años más tarde podía haberse preguntado: ¿Puede imaginarse a Rosa en compañía de aquellos que asesinaron prácticamente a todo el Comité Central del Partido Comunista Polaco?]
El artículo concluye: “¡Qué despreciables son los que tachan a Rosa Luxemburgo de ‘menchevique’, cuando se han demostrado incapaces de legar a la suela de sus zapatos!”.[8]

Rosa Luxemburgo se equivocó en la cuestión nacional, pero su oposición a la autodeterminación no surgía de la hostilidad hacia la acción revolucionaria de las masas que conduce a la lucha por la abolición del capitalismo. Antes bien, no supo comprender los aspectos complejos y contradictorios de la dinámica revolucionaria de las luchas de las nacionalidades oprimidas en la época del imperialismo.”






[1]León Trotsky, History of the Russian Revolution, University of Michigan Press, 1957, Vol. III, p. 38.
[2]V. I. Lenin, The Right of Nations to Self Determination[El derecho de las naciones a la autodeterminación], Moscú, Progress Publishers,1968, p. 54.
[3]Ob. cit., p. 110.
[4]Ob. cit., p. 98.
[5]Ob. cit., p. 99.
[6]Ob. cit., p. 103.
[7]Trotsky, ob. cit. p. 45.
[8]Max Shachtman, “Lenin and Rosa Luxemburg” [Lenin y Rosa Luxemburgo], en New International, año 2, nº 2, marzo de 1935, p. 64.

dimecres, 28 d’agost de 2019

“¿Puede echarse en cara a los checos que no quieran unirse a una nación que, al liberarse a sí misma, oprime y maltrata a otras naciones?”, Friedrich Engels, 17 de junio de 1848.

Un antecedente del dicho marxiano “Un pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas” (1870).

Barricadas en Praga, junio de 1848
Marx escribió la frase “Un pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas” el día 28 de marzo de 1870 (Extracto de una comunicación confidencial, in: Obras Escogidas de Marx y Engels en Tres Tomos, Moscú, Progreso, 1976, Tomo II, pág. 187).

Esta idea, de raíces jacobinas estuvo presente en la obra tanto de Marx como de Engels, a lo largo de su vida. ( Robespierre: "Quien oprime a una nación, se declara enemigo de todas", artículo XXXVI de la Declaración de los derechos del hombre i del ciudadano propuesta per Maximilien Robespierre, impresa por la Convención Nacional, 24 de abril de 1793, se puede leer en Por la felicidad y por la libertad. Discursos (2005), p. 202.)  

Encontramos un antecedente claro del dicho marxiano en un artículo de Engels escrito en junio de 1848 tras la derrota de la insurrección de Praga. El artículo fue publicado en la Nueva Gazeta Renana nº 18, 18 de junio de 1848.

Tema para otro post será la discutida y discutible tesis engelsiana sobre los pueblos sin historia. Una tesis que tiene un origen de carácter geo-político claro: Marx y Engels consideraban que el peor enemigo de la revolución europea era el zarismo. Y no les faltaba razón. 

No es ésta cuestión de este post, pero puede encontrarse alguna reflexión sobre la cuestión de "los pueblos sin historia" en una  reciente ponencia mía: 

Sin embargo, puede colegirse por el último párrafo del artículo que publico a continuación  que para Engels, la responsabilidad de que los checos se lanzaran en manos del zarismo era enteramente de la opresión del pueblo checo por parte de los alemanes y de debilidad de la revolución en los diversos países alemanes de la época. 

Recomiendo la lectura completa del artículo, aquí me limito a publicar un extracto. La letra destacada en azul es de mi cosecha.

Joan Tafalla
Sabadell ,  28 agosto 2019 

Primer número de la Neue Rheinische Zeitung, 1 de junio de 1848


“Colonia, 17 de junio, En Bohemia se prepara una nueva carnicería a la manera de la de Posen. La soldadesca austríaca ha ahogado en sangre checa la posibilidad de que permanezcan pacíficamente unidas Bohemia y Alemania.
(…)
De cualquier modo que la insurrección termine, la única solución posible parece ser, ahora, una guerra de exterminio de los alemanes contra los checos. 
Los alemanes tienen que expiar en su revolución los pecados de todo su pasado. Los han expiado en Italia. En Posen han vuelto a atraer sobre sí las maldiciones de toda Polonia. A todo esto se añade ahora Bohemia. 
Los franceses han sabido cosechar respeto y simpatías incluso allí donde se presentan como enemigos. Los alemanes no son respetados ni conquistan simpatías en parte alguna. Son rechazados con befa y escarnio aun en los sitios en que se hacen pasar por magnánimos apóstoles de la libertad. 
Y así debe ser. Una nación que se ha prestado a ser en todo el pasado instrumento de opresión en contra de todas las otras naciones tiene que empezar por demostrar que se ha operado en ella una verdadera revolución. Tiene que demostrarlo con algo más que con un par de revoluciones a medias cuyo único resultado es dejar en pie bajo nuevos rostros la vieja indecisión, debilidad y desunión; revoluciones que mantienen en sus puestos a un Radetzky en Milán, a un Colomb y un Steinácker en Posen, a un Windischgrátz en Praga y a un Hüser en Maguncia, como si no hubiera pasado nada.
La Alemania revolucionaria tendría que romper con todo su pasado, sobre todo en lo que se refiere a su actitud ante los pueblos vecinos. Tendría, al mismo tiempo, que proclamar con su propia libertad la libertad de los pueblos a quienes hasta ahora ha venido oprimiendo.
¿Pero, qué ha hecho, en vez de eso, la Alemania revolucionaria? Ratificar enteramente la vieja opresión, de Italia, Polonia y ahora de Bohemia por la soldadesca alemana. Kaunitz y Metternich se hallan plenamente justificados. 
Y, en estas condiciones, ¿exigen los alemanes que los checos confíen en ellos? 
¿Puede echarse en cara a los checos que no quieran unirse a una nación que, al liberarse a sí misma, oprime y maltrata a otras naciones?
¿Puede tomárseles a mal que no quieran enviar diputados a un Parlamento como nuestra “Asamblea Nacional” de Francfort, triste, lánguida y que tiembla ante su propia soberanía? 
¿Puede reprochárseles que se desentiendan del impotente gobierno austriaco, que en su perplejidad y cobardía sólo parece existir para no impedir, o por lo menos organizar, la separación de Austria, sino simplemente para tomar nota de ella? ¿De un gobierno que es incluso demasiado débil para liberar a Praga de los cañones y los soldados de un Windischgrátz? 
Pero la suerte más deplorable de todas es la de los valientes checos. Lo mismo si triunfan que si son derrotados, están condenados a perecer. Los cuatro siglos de opresión bajo los alemanes, que ahora tiene su secuela en los combates de las calles de Praga, los echan en brazos de los rusos. En el gran encuentro entre el Este y el Oeste de Europa que se producirá pronto — tal vez en unas cuantas semanas— los checos se verán empujados por un sino fatal a luchar al lado de los rusos, al lado del despotismo, en contra de la revolución. La revolución triunfará y los checos serán los primeros en verse arrollados por ella. 
La culpa de este desastre que aguarda a los checos recae una vez más sobre los alemanes, ya que son ellos quienes traidoramente los han entregado en manos de Rusia”. 


Último número de la Neue Rheinische Zeitung, 19 de mayo de 1849




Intervention de Cécile Obligi, conservatrice à la Bibliothèque nationale (Société des études robespierristes) sur le thème : Robespierre.