dimecres, 1 de juny de 2011

Democracia y ley agraria


Carta de Babeuf a Coupé de l'Oise, 10 septiembre 1791 en ocasión de haber sido éste elegido en la Asamblea Legislativa

El acontecimiento de su designación, ciudadano, no es, en mi círculo visual, un
pequeño acontecimiento. Siento la necesidad irresistible de detenerme para pensar y
calcular sus consecuencias.
Reflexiono sobre lo que cabe esperar de alguien que ha predicado a gente sorda estas
verdades memorables, las cuales han tenido por lo menos el efecto de convencerme de
que, en cuanto a él, las tenía bien arraigadas en su mente: Que era preciso hacer nuestros
esos grandes principios sobre los cuales la sociedad está establecida: la Igualdad,
primitiva, el Interés general, la Voluntad común que decreta las leyes y la Fuerza de
todos que constituye la soberanía.
¡Hermano! el precepto de la antigua ley: Ama a tu prójimo como a ti mismo; la sublime
máxima de Cristo: Haz a los demás todo lo que quieres que te hagan a ti; la
Constitución de Licurgo, las instituciones más hermosas de la República Romana,
quiero decir, la ley agraria; los principios de usted, que acabo de enumerar; los míos,
que le he consignado en mi última carta, y que consisten en asegurar a todos los individuos
primeramente el sustento y, en segundo lugar, una educación pareja; todo esto
parte de un punto común, y va también a parar a un mismo centro.
Y ese centro es siempre el fin único hacia el cual tenderán todas las constituciones de la
tierra, cuando se van perfeccionando. Bien se pueden abatir los cetros de los reyes,
constituirse en república, proferir continuamente la sagrada palabra de igualdad, sólo se
perseguirá un vano fantasma, sin llegar a nada.
Se lo digo bien claro, a usted, mi hermano, y no me atrevería a insinuárselo a otros: esta
ley agraria, que los ricos temen y ven venir, y en la que aún no piensan en absoluto las
multitudes de los desposeídos, es decir, las cuarenta y nueve cincuentavas partes del
género humano, las cuales sin embargo, si no llega pronto, morirán en su totalidad
dentro [sic] dos generaciones cuando más (averiguaremos juntos, matemáticamente,
esta espantosa predicción en cuanto usted quiera); esta ley que, si recuerda bien, un día
en que estaba entre nosotros dos, Mably 3 invocaba ardientemente; esta ley que no
asoma jamás en el horizonte de los siglos sino en circunstancias como las que vivimos
hoy; es decir, cuando los extremos verdaderamente se tocan; cuando la propiedad de la
tierra, la única verdadera riqueza, se encuentra en pocas manos, y cuando la
imposibilidad universal de saciar el hambre impulsa a las multitudes a reivindicar el
gran dominio del mundo, donde el Creador quiso que cada ser humano poseyese el
radio de circunferencia necesario para producir su propio sustento; esta ley, digo, es el
corolario de todas las leyes; en ella descansa siempre un pueblo una vez que ha logrado
mejorar su constitución en todos los demás aspectos (...) ¿qué digo? Es entonces cuando
simplifica asombrosamente esa constitución. Usted se habrá dado cuenta de que, desde
que la nuestra comenzó, hicimos cada día cien leyes; y a medida que estas se han
multiplicado, nuestro código se ha vuelto cada vez más oscuro. Cuando lleguemos a la
ley agraria, preveo que, siguiendo el ejemplo del legislador de Esparta,4 este código
demasiado inmenso será entregado a las llamas, y una sola ley de seis o siete artículos
nos bastará. Me comprometo a demostrarlo con mucho rigor.
Usted reconocerá sin duda, al igual que yo, esta gran verdad, de que la perfección de
una legislación depende del restablecimiento de esa igualdad primitiva que usted canta
en forma tan hermosa en sus poemas patrióticos; y, como yo, usted siente sin duda
también que marchamos a grandes pasos hacia esta asombrosa revolución.
Precisamente por eso, yo, que soy tan partidario del sistema, no me decido a abandonar
las contemplaciones a que me entrego, al ver que sus principios y su energía hacen de
usted tal vez la persona más apropiada para preparar esta gran conquista, y que la
Providencia parece secundarnos impulsándolo a una carrera conveniente para combatir
más ventajosamente en favor de la causa.
Sí, usted estaba tal vez elegido, y quizás lo estábamos los dos, para ser los primeros en
sentir y hacerles sentir a los demás el gran misterio, el gran secreto que ha de romper las
cadenas humanas. Si así es, ¡cuan grande lo veo entre los legisladores!
Pero, ¿de que modo concibo que, con toda la fuerza de que usted está armado, le será
posible dirigir los primeros movimientos para acelerar tan hermosa victoria? ¿Será
abiertamente y por un manifiesto preciso como habrá de anunciarse al salvador del
mundo? No, sin la menor duda, y no sería bien acogido si propusiese crudamente tales
consideraciones a nuestra desgraciada asamblea.5 Su virtud se vería obligada, para
combatir la corrupción, a servirse de las armas generalmente introducidas por esta
misma; habrá que oponer una política a otra política. Será preciso que las disposiciones
principales estén bien disfrazadas, y que no parezcan tender en absoluto hacia el fin
concertado.
Pero reflexiono (...) y me digo: no hay casi nadie que no rechace lejos de sí la ley
agraria; el prejuicio en relación con ella es mucho peor que con la monarquía, y siempre
han acabado ahorcados aquellos que han osado abrir la boca sobre este gran tema.
¿Estoy seguro de que J. M. Coupé estará de acuerdo conmigo en este sentido? ¿No me
objetará, al igual que todo el mundo, que de ello resultaría la defección de la sociedad;
que sería injusto despojar a todos aquellos que han adquirido legítimamente, y que ya
nadie haría nada por los demás; y que, suponiendo que la cosa fuese posible, las
modificaciones posteriores restablecerían muy pronto el orden anterior? ¿Quedará
satisfecho con mis respuestas: que la tierra no debe ser alienable; que al nacer cada
hombre debe encontrar para sí una porción suficiente de ella, tal como sucede con el
aire y el agua; que al morir debe legarla, no a sus herederos más cercanos sino a la
sociedad entera; que precisamente este sistema de alienabilidad ha sido el que lo ha
transmitido todo a unos, y no ha dejado nada para los otros...; que las convenciones
tácticas, gracias a las cuales los precios de los trabajos más útiles han sido reducidos a la
tasa más baja, mientras que los precios de las ocupaciones indiferentes o incluso
perniciosas para la sociedad han sido centuplicados, estas convenciones son las que le
han entregado al obrero inútil los medios para expropiar al obrero útil y más
laborioso...; que si hubiese existido más uniformidad en los precios de todos los
trabajos, si no se les hubiese asignado a algunos de ellos un valor de opinión, todos los
obreros serían ricos en igual medida; que por consiguiente una nueva repartición no
haría sino volver a poner las cosas en su lugar...; que si la tierra hubiese sido declarada
inalienable (sistema que destruye totalmente la objeción del peligro de restablecer la
desigualdad mediante las mutaciones, después de la distribución), cada hombre tendría
asegurado su patrimonio, y no habríamos dado vida a estas inquietudes, continuas y
siempre desgarradoras, por la suerte de nuestros hijos: de ahí la edad de oro y la
felicidad social, en lugar de la disolución de la sociedad; de ahí un estado de
tranquilidad en relación con nuestro futuro, una fortuna duradera al amparo de los
caprichos del destino, todo lo cual debería preferirlo incluso el hombre más feliz de este
mundo, si comprendiese bien sus verdaderos intereses (...); que, finalmente, no es cierto
que la desaparición de las artes sería necesariamente el resultado de este nuevo ajuste,
porque es evidente, por el contrario, que todo el mundo no podría ser labrador; que cada
hombre no podría, como no puede hacerlo hoy, procurarse por sí solo todas las
máquinas que se nos han hecho necesarias; que no cesaríamos de vernos en la necesidad
de realizar un intercambio continuo de servicios y que, aparte de que cada individuo
tendría su propio patrimonio inalienable, que constituiría en cualquier momento y en
cualquier circunstancia su inatacable reserva contra la miseria, aparte de esto, todo lo
que concierne a la industria humana seguiría tal como está hoy?
Voy a probarle, a usted, querido hermano, y al propio tiempo a mí mismo, que usted
parte para la Asamblea Legislativa dispuesto a hacer consagrar todo esto como artículos
de ley constitucional. Le dije en mi carta anterior que mis deseos serían:
1. Que los legisladores de todas las legislaturas reconociesen, para el pueblo, que la
Asamblea Constituyente es cosa absurda; que los diputados designados por el pueblo
están encargados en todo momento de hacer todo lo que consideren útil para la felicidad
del pueblo... De ahí la obligación y la necesidad de dar el sustento a esta inmensa
mayoría del pueblo, que ya no lo tiene, a pesar de su buena voluntad de trabajar. Ley
agraria, igualdad real.
2. Que el veto,6 verdadero atributo de la soberanía, sea del pueblo; y con un éxito
bastante evidente (ya que hemos visto luego, en la pequeña obra: De la ratificación de la
ley,7 que le he comunicado, que mis medios son parecidos a los del autor), he
demostrado su posibilidad de ejecución pese a todo lo que ha podido decirse en contra...
De este veto del pueblo, no debemos esperar que lo demande la parte más sufrida y
siempre expuesta al terrible sentimiento del hambre; un patrimonio asegurado: la ley
agraria.
3. Que cese la división de los ciudadanos en varias clases; admisión de todos a todos los
puestos; derecho para todos de votar, de expresar su opinión en todas las asambleas; de
vigilar estrechamente la asamblea de los legisladores; libertad de reunión en las plazas
públicas; supresión de la ley marcial; destrucción del espíritu de cuerpo de los G. Nat.
(Guardia Nacional) haciendo participar en ella a todos los ciudadanos, sin excepción y
sin otro destino que el de combatir a los enemigos externos de la Patria. De todo esto se
derivará necesariamente la extrema emulación, el gran espíritu de igualdad, de libertad,
la energía cívica, los grandes medios de manifestación de la opinión pública, y por ende
de expresión de la voluntad general que es, en principio, la ley; la reclamación de los
primeros derechos del hombre y, por consiguiente, el pan honradamente asegurado para
todos: Ley agraria.
4. Que todas las causas nacionales sean tratadas en plena asamblea y que se supriman
los comités. Desaparecerá así esa negligencia, esa apatía, esa indiferencia, ese abandono
absoluto a la pretendida prudencia de un puñado de hombres que llevan a toda una
asamblea y entre los cuales es mucho más fácil intentar la corrupción. De ahí la
obligación para todos los senadores de ocuparse esencialmente del objeto cometido a
discusión y decidir con conocimiento de causa; de ahí la alerta a todos los defensores
del pueblo, y la necesidad de sostener sus derechos más caros y, por consiguiente de
velar para que precisamente todos puedan vivir: la ley agraria.
5. Que se conceda ampliamente el tiempo necesario para reflexionar, en la discusión de
todos los asuntos. De donde resultará que, no solamente los improvisadores, los
aturdidos, los habladores de siempre, la gente que se explaya siempre antes de pensar,
no serán los únicos en determinar las resoluciones, sino que además la gente que
prefiere meditar un plan antes de pronunciarse ejercerá también su influencia sobre las
decisiones. Así, ningún charlatán interesado en combatir todo lo que es justo podrá
echar prestamente a un lado una buena proposición por alguna pequeñez sutil y propia
únicamente para engañar; y si se habla para aquellos cuyas necesidades más apremian,
el hombre honrado puede pesar y apoyar la proposición y obtener el triunfo de la
sensibilidad. Gran encaminamiento hacia la ley agraria.
¡Y bien!, hermano patriota, si los principios que acabo de exponer han sido siempre los
suyos, hay que renunciar hoy a ellos si no quiere la ley agraria porque, o yo ando muy
equivocado, o las últimas consecuencias de estos principios son esta ley. Usted trabaja
pues eficazmente en su favor si persiste en estos mismos principios. Con ellos no se
tergiversa y, si en su fuero interno usted se propone algo menos que esto en su misión
de legislador, se lo repito, libertad, igualdad, derechos del hombre seguirán siendo
palabras temibles y expresiones sin sentido.
Lo vuelvo a decir de nuevo: no serían estas las intenciones que habría que divulgar al
comienzo; pero un hombre de buena voluntad aceleraría mucho el desenlace si se
dedicara a hacer decretar todas nuestras bases antes enumeradas, asentándolas en el
fundamento de la plenitud de los derechos de libertad debidos al hombre, principio que
siempre se puede invocar y profesar altamente sin correr peligro. Los llamados
aristócratas son más listos que nosotros; entreven demasiado bien este desenlace. El
motivo de su oposición tan vivaz en el asunto de los tributos8 es su temor de que, una
vez que una mano profana haya tocado lo que ellos llaman el sagrado derecho de
propiedad, la falta de respeto ya no tenga límites. Manifiestan sus temores de una forma
muy general acerca de lo que esperan los defensores de los que tienen hambre, quiero
decir, acerca de la ley agraria, para un futuro muy cercano: buen aviso que debemos
tener presente.
Me complazco en extenderme sobre este gran tema ante; un alma como la suya, cuya
sensibilidad bien conozco. Porque, en definitiva, es del pobre, en el que todavía no se ha
pensado; es del pobre, digo, de quien debe tratarse principalmente al regenerar las leyes
de un imperio; es él, es su causa, lo que más interesa apoyar. ¿Cuál es el fin de la
sociedad? ¿No es acaso el de procurarles a sus miembros la mayor suma de dicha
posible? ¿Y de qué sirven, pues, todas nuestras leyes, si como último resultado no
logran sacar de la profunda desesperación a esta masa enorme de indigentes, a esta
multitud que compone la inmensa mayoría de la asociación? ¿Qué es un comité de
mendicidad, que sigue envileciendo a los seres humanos hablando de limosnas y de
leyes represivas, tendentes a forzar a la multitud de los desposeídos a cobijarse dentro
de sus chozas para morir de agotamiento, para que el triste espectáculo de la naturaleza
aquejada no despierte la reclamación de los primeros derechos de todos los hombres que
ella misma ha formado para que vivan, y no para que unos pocos acaparen el sustento
de todos?
Se ha hablado con frecuencia de entregar una propiedad, tomada de los bienes del clero,
a cada soldado austriaco u otro sicario de déspota que renunciara a exponer su vida por
la causa del tirano, y viniera a añadirse a nuestras filas. ¿Cómo se ha podido pensar en
ser tan generosos con hombres cuyo único interés del momento determinará cesar de
hacernos daño, y olvidar que la mayoría de nuestros conciudadanos yacen postrados y
privados de todos los recursos necesarios para mantener su existencia?
Legislador, cuyos reconocidos sentimientos humanos han hecho subir al gran escenario
en que lo admiro, ¿llegará usted, como yo, a la conclusión de que es verdad que el fin y
la coronación de una buena legislación es la igualdad en la posesión de la tierra, y que
las miras secretas de un verdadero defensor de los Derechos del Pueblo han de tender
siempre hacia ese fin? ¿Cuáles son los hombres que más admiramos? Los apóstoles de
las leyes agrarias, Licurgo entre los griegos, y, en Roma, Camilo, los Gracos, Casio,
Bruto, y los demás. ¿Por qué fatalidad lo que es motivo de nuestro más profundo
homenaje a los otros, habría de ser para nosotros motivo de reprobación? ¡Ah!, ya lo he
repetido y lo vuelvo a decir: el que no tenga, como fin último de lo que promueve, las
miras que yo proclamo, debe renunciar a expresar de buena fe las sagradas palabras de
civismo, libertad, igualdad; debe, para impedir su efecto, acorde con la conducta pura y
recta de aquellos que las declaran con sinceridad; debe —digo—, al pronunciarlas,
construir sus planes sobre el modelo de los de los Barnave,9 de los Thouret,10 y de
tantos otros traidores dignos de sufrir, algún día, el castigo de la justicia nacional.
¡Usted se ha comprometido a seguir a otros émulos, valiente ciudadano! En un proyecto
de declaración de los Derechos del Hombre, en 1789 Pétion 11 dedicó un artículo al más
importante de estos derechos, que se ha querido olvidar en la Declaración decretada, y
era el que tenía como objeto la obligación, por parte de la sociedad, de asegurar a todos
sus miembros un decoroso sustento. Analice a Robespierre, lo encontrará igualmente
«agrariano» en última instancia; y esos ilustres personajes se ven obligados a dar
muchos rodeos, porque saben que el momento todavía no ha llegado. Usted se elevará a
la altura de esos respetables filántropos; de sus máximas, vertidas en el proyecto,
resultarán declaraciones iguales a las de ellos...
G. Babeuf, Beauvais, 10 de septiembre de 1791.
NOTAS:
1 Cf. la carta de Babeuf a Coupé de l'Oise, de Beauvais, del 10 de septiembre de 1791, en G. Babeuf: La Doctrina des
égaux, extraído de las Obras completas publicadas por Albert Thomas, Cornély et Cié, París, 1906.
2 Babeuf dirige esta carta a Coupé, quien acababa de ser elegido miembro de la Asamblea Legislativa, inaugurada, luego el
1 de octubre de 1791: como no podía ser elegido él mismo a causa de los numerosos enemigos que le habían procurado sus
polémicas, había apoyado la candidatura del abate Jacques Michel Coupé, llamado Coupé de l'Oise, y del que fue el
inspirador: hoy quedan tres cartas de Babeuf al abate. La Biblioteca Nacional de París posee numerosos escritos publicados
por Coupé: son, en su mayoría, estudios sobre problemas agrícolas, informes e intervenciones en las Asambleas de París y
en la Convención Nacional.
El presente escrito de Babeuf no es sólo el «primero» cronológicamente en esta recopilación: la continua referencia a la «ley
agraria» lo sitúa en una fase anterior a todos los demás escritos, así como también las afirmaciones del propio Babeuf, que
tendrán su punto culminante unos años más tarde, en ocasión de la Conspiración de los Iguales.
3 Gabriel Bonnot de Mably, utopista, autor de obras de gran resonancia; una edición completa de los escritos de Mably, en
15 tomos, se publicó en vísperas de la conspiración babuvista (1794-1795).
4 Licurgo.
5 La Asamblea Legislativa.
6 La Constitución francesa del 3 de septiembre de 1791 estipulaba, en su tercera sección, art. 1: «Los decretos del Cuerpo
Legislativo son presentados al rey, que puede negar su consentimiento»; en los artículos que seguían se describían las
formas en que se podía pasar por encima del voto real. Babeuf, y junto con él toda la «izquierda», se declaraba, en su carta,
contrario a esta legislación.
7 El opúsculo aquí mencionado no está incluido en el catálogo impreso en la Biblioteca Nacional de París.
8 El diezmo representaba el derecho feudal, de los señores, de obtener una parte de los productos de las tierras sometidas a
su jurisdicción: Babeuf, en los primeros tiempos de la Revolución, tomó partido en la lucha para suprimir los diezmos y los
derechos feudales, lucha que fue particularmente violenta en Picardía.
9 Antoine-Pierre Batnave (1761-1793), uno de los elementos más representativos de la Asamblea Constituyente, que se
pasó a la reacción después de la huida del rey a Varenne.
10 Jacques-Guillaume Thouret (1746-1794), monárquico constitucional, autor de numerosos escritos.
11 Jéróme Petion de Villeneuve, demócrata, luego girondino.