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divendres, 3 de juny del 2011

Exportar la libertad por Luciano Canfora

Por Joan Tafalla

En su libro Exportar la libertad[1], publicado en 2007, Canfora analiza un fenómeno producido en ambos campos de la guerra fría del siglo XX: la exportación de la libertad o de la revolución según el lado de la guerra fría del que se tratase. La conclusión no puede ser más drástica: el fracaso de ésta exportación. Según Canfora, ningún intento de exportar la revolución y de imponer un régimen democrático, popular o comunista ha triunfado debido a que: “Los hechos... evidencian que el programa de “exportación” de idealismos y modelos políticos ( “libertad”, “democracia”, “socialismo”, etc.) “enmascara” en realidad exigencias de “potencia”[2].

A mi modo de ver ese reiterado fracaso se debe a dos razones: de un lado, a que la propia exportación armada de la revolución, de la democracia o de la libertad es contraria a los principios proclamados y obedece solamente a un interés geopolítico, y, por otra parte, porque ningún proceso democrático, popular o revolucionario puede consolidarse si no es un proceso endógeno, producido por la experiencia y la necesidad sentida por el pueblo de que se trate. Me parece que este aforismo sirve tanto para los intentos de exportación de la revolución que hemos vivido en el siglo XX ( sea por parte de la URSS o China), como para los intentos USA de reafirmar su hegemonía mundial usando una retórica “democrática” que se aviene poco con la práctica real de las dictaduras satélites de los USA que sirvieron para consolidar el autodenominado “mundo Libre”, durante la guerra fría[3].

Siguiendo a Canfora y centrándonos en el lado revolucionario, podemos concluir que la experiencia del entero siglo XX ha mostrado que cuando una revolución considera necesaria su exportación, da sus primeros pasos hacia el fracaso. Una experiencia, que empezó a manifestarse muy pronto en la contemporaneidad con la política de guerra de conquista de la Convención thermidoriana o del Directorio. Y que ya había sido advertida por Robespierre cuando el dilema guerra-revolución se planteaba por primera vez, a finales de 1791 e inicios de 1792, ante la revolución francesa. En su discurso de 2 de enero de 1792 podemos leer: “La idea más extravagante que pueda nacer en la cabeza de un político es creer que es suficiente que un pueblo entre a mano armada en un pueblo extranjero para hacerle adoptar sus leyes y su constitución. Nadie quiere a los profetas armados”[4]. La conversión de la guerra por la liberación de los pueblos en guerra de conquista por parte de la Convención girondina y la Convención thermidoriana y el Directorio fue en realidad una política imperialista so capa de revolucionaria, que llegó a su momento culminante con Napoleón[5].

Siguiendo en esa línea, y aplicándola al jacobinismo italiano, Canfora examina, la paradigmática experiencia de la república partenopea ( 1799) o al ejemplo paradigmático de Ugo Fóscolo y de sus replanteamientos ante Napoleón desde el elogio ditirámbico, a la decepción tras el tratado de Campoformio ( 1797) y a la resignación ante el cesarismo sobre la base de su carácter más o menos progresivo “a pesar de todo”. El problema histórico planteado es de gran calibre: la reacción popular contra el “libertador de los pueblos” en España (1808-1814), Rusia (1812) o Alemania ( 1813). Iluminante de nuevo la frase de Canfora: “No cabe excluir que Bonaparte continuara viéndose a sí mismo como tal [liberador, j.t.]. Pero cuando el egoísmo de una gran potencia se convence de que su propio interés es también general, no se da cuenta de que, en ese proceso se está desnaturalizando sin remedio, lo que significa que ha perdido la partida, no importa en cuanto tiempo”[6].

El diagnóstico de Canfora es claro: “Ante la evolución concreta de la política de conquista de los “liberadores”, el jacobinismo europeo fue atraído a una trampa de la que salió irrevocablemente marcado. Pero, a pesar de ello, nos ha dejado un legado de ideas y críticas, precisamente en la medida en que se vio obligado por las inclemencias de la historia a superarse a sí mismo, a trascender sus dimensiones originales y sus perspectivas iniciales.

Esa superación se produjo entre el fuego cruzado de las dos experiencias que sufrió durante esos pocos años. Y que son, por una parte, el deterioro de la relación con los “liberadores” y, por otra, la mortífera vinculación ( que para la República Partenopea fue sin duda letal) entre la reacción “popular” y el Ancien Régime. Una vinculación que impone a todos los jacobinos ( de todas las épocas, diría yo) la pregunta autocrítica por excelencia, siempre abierta: ¿En que nos equivocamos?”[7].

Comentando la situación creada tras Waterloo, dice Canfora: “Para salir de una derrota tan profunda que marcó una época fueron necesarios decenios y múltiples factores: ideas radicalmente nuevas, el nuevo protagonismo de unas clases sociales apenas emergentes, la crisis de la solución liberal moderada, una alternativa desvaída y condenada a la derrota ante la solidez, valerosa aunque contraproducente, de los corifeos de la Santa Alianza. Con todo, subsiste un hilo que une, en algunas biografías y en el replanteamiento de las premisas que el cesarismo bonapartista hizo desvanecer rápidamente, a los “viejos” supervivientes con los “nuevos” revolucionarios”[8]. Lo que inevitablemente trae a mi memoria la idea del viejo Luckacs: “Tenemos que tener conciencia clara de que se trata de un nuevo comienzo o- si se me permite la analogía- de que no nos encontramos ahora en los años veitne del siglo XX, sino en cierto modo en los comienzos del siglo XIX, tras la revolución francesa, cuando comenzaba a formarse lentamente el movimiento obrero”[9]

Exportar la libertad muestra la impresionante capacidad de Canfora para inducir tendencias históricas manejando con suma solvencia hechos tan lejanos los unos de los otros como los ya mencionados u otros como pueden ser: la intervención de Luis Napoleón ( aún presidente de la segunda república) en defensa del Papa Pío IX contra la república romana de Mazzini y Garibaldi en 1849; la utilización de la consigna de la “libertad de los griegos” alternativamente por parte de Esparta y Atenas durante la guerra del Peloponeso ( 431-404 a.c.), durante las guerras médicas ( 478 a.c.); en la guerra de Atenas contra Samos ( 441-440 a.c.); o el rol de esa misma consigna de la libertad para los griegos en el juego geopolítico entre Inglaterra, el imperio austro-húngaro, Francia y el imperio otomano durante el siglo XIX en los Balcanes o, la no intervención de las potencias democráticas a favor de la república y contra el franquismo tanto durante la guerra civil española, así como al final de la segunda guerra mundial. Canfora examina en esa misma clave la historia de la URSS y de los países del Este de Europa entre 1945 y 1991, entendida como “... la historia de la gestión, la crisis y la dilapidación del capital de prestigio obtenida por “haber llevado la libertad” a Europa”[10]. Clarificadora la analogía que establece entre revolución húngara de 1956, y la represión ateniense ante la insurrección de Samos frente Atenas (440 a.c.).

Capítulo importaante y muy apreciado por mí ( quienes me conocen sabrán por qué) es el capítulo La libertad para los afganos[11] que dedica al “gran juego” que durante el siglo XIX, enfrentó a Rusia y Inglaterra por el control de Afganistán, el vientre de Asia. Un “gran juego” que prosiguió durante toda la guerra fría y que tras la caída de la URSS sigue bajo el argumento “llevar la libertad a Afganistán”.

Tras el 11 de septiembre de 2001 la palabra “terrorismo” se ha enseñoreado de las crónicas, Canfora señala como esa palabra se ha transformado, en el discurso vigente, en sinónima de fundamentalismo religioso. “El mundo islámico dispone de un elemento de movilización que se ha vuelto irresistible: el fanatismo religioso o, mejor dicho, el aglutinante religioso como alimento dela oposición y resistencia a Occidente”[12]. La preponderancia del fanatismo religioso en los países musulmanes es consecuencia directa de la política USA desarrollada durante la guerra fría de: “... hacer fracasar como fuera la difusión del “modelo soviético” en el mundo árabe-islámico, de impedir su expansión más allá de las fronteras de la actualmente laicizada “Asia soviética”[13].

Canfora considera la guerra y saqueo de Irak, de 2003 como uno de los últimos capítulos de esa misma historia de exportación de los modelos autodenominados “democráticos” occidentales utilizada como discurso retórico que encubre la lucha geopolítica por el dominio del petróleo. Es de suponer que Canfora extendería su análisis a las revoluciones del norte de África de haber escrito su libro en 2011. Particularmente interesante sería conocer la valoración canforiana de la situación de Líbia.

El libro pone de manifiesto una constante de la obra de Canfora cuando analiza hechos de la contemporaneidad: la búsqueda de realidades de la antigüedad parangonables a los analizados. Me parece claro que no debe abusar de las analogías y de la historia comparativa comporta el riego de caer en la simplificación o en el lugar común del “nada nuevo bajo el sol”. Sin embargo cuando la historia comparativa y la acumulación de analogías se realiza por parte de autor con obra tan sólida y con un conocimiento exhaustivo de los hechos tanto de la antigüedad como de la contemporaneidad sus observaciones y reflexiones no pueden por menos que estimular nuestra reflexión. La idea de las continuidades culturales y de la “longue durée” por encima ( o por debajo) de las rupturas revolucionarias parece estar presente en la obra de Canfora, como se ve percibe en algunos apartados de su libro “La historia falsa”[14]. Particularmente ilustrativa al respecto es la publicación en anexo de dos documentos cuyas continuidades son sumamente reveladoras a pesar de proceder de culturas y de tiempos diferentes: el motu propio de Pio IX de 1949 y la Profecía del Ayatollah Jomeini en su carta a Gorbachov el 1 de enero de 1989.

Canfora concluye su libro del siguiente tenor: “Antaño se dio, y se escribió, que la alternativa al socialismo era “la barbarie”. A lo mejor estamos llegando a este punto”[15]. Diagnóstico, pronóstico o preocupación que comparto plenamente. A los historiadores les está vetado, en el ejercicio de su profesión proponer terapias. Pero cualquier ciudadano que lea este libro quizás sepa deducirlas por su cuenta y riesgo.


[1] CANFORA, Luciano, Exportar la libertad El mito que ha fracasado. Barcelona, Ariel 2007.

[2] CANFORA, Luciano, Exportar..., ob.cit., p. 85.

[3] La Sudáfrica del apartheid, las dictaduras franquista, de los coroneles griegos o salazarista, la fundamentalista Arabia de los Saud, el Irán de Rezha Pazlevi, el Chile de Pinochet, el Taiwán de Chiang Kai-shek, la Corea del Sur de Syng Man Rhee, el golpe de estado y la masacre de campesinos comunistas en Indonesia a cargo de Suharto, el Vietnam de Bao Dai, de Diem o de Ky, las dictaduras chilena y argentina, por citar sólo algunos casos.

[4] El lector dispone de una versión al español del Discurso sobre la guerra, 2 de enero de 1792 en Robespierre, Maximilien, Por la felicidad y por la libertad. Discursos. Antología preparada por Yannick Bosc, Florence Gauthier y Sophie Wachnich, traducción al español de Joan Tafalla, Barcelona, El Viejo Topo, 2005. Se pueden encontrar los diversos discursos de Robespierre al respecto en Oeuvres, Tome VIII, Paris, Édition du Centenaire de la Société des études robespierristes, Les éditions du Miraval, 2007, pp. 31-153. Aunque se trata de un viejo libro se puede encontrar un excelente análisis de la actitud de Robespierre ante la guerra en MICHON, Georges, Robespierre et la guerre révolutionnaire, Paris, Marcel Rivière, 1937.

[5] Sobre este tema, BELISSA, Marc, fraternité universelle et intérêt nationale (1713-1795). Les cosmopolitiques du droit des gens, Préface Domenico Losurdo, Paris, Kimé, 1998.

[6] CANFORA, ob.cit., p. 28-29

[7] CANFORA, Luciano, ob.cit., p 36.

[8] CANFORA, Luciano, Exportar..., ob.cit., pp. 25-26.

[9] Luckacs, Georg, Conversaciones con Holz, Kofler y Abendroth, Madrid, Alianza Editorial, 1971, p. 82.

[10] CANFORA, ob.cit., p. 39.

[11] CANFORA, ob.cit., pp. 53-70.

[12] Ob.cit., p. 88.

[13] Loc.cit.

[14] CANFORA, Luciano, La storia falsa, Milano, Rizzoli, 2008. Una traducción al español de inminente aparición el Editorial Capitán Swing.

[15] Ob.cit., p. 90.

dimecres, 1 de juny del 2011

Democracia y ley agraria


Carta de Babeuf a Coupé de l'Oise, 10 septiembre 1791 en ocasión de haber sido éste elegido en la Asamblea Legislativa

El acontecimiento de su designación, ciudadano, no es, en mi círculo visual, un
pequeño acontecimiento. Siento la necesidad irresistible de detenerme para pensar y
calcular sus consecuencias.
Reflexiono sobre lo que cabe esperar de alguien que ha predicado a gente sorda estas
verdades memorables, las cuales han tenido por lo menos el efecto de convencerme de
que, en cuanto a él, las tenía bien arraigadas en su mente: Que era preciso hacer nuestros
esos grandes principios sobre los cuales la sociedad está establecida: la Igualdad,
primitiva, el Interés general, la Voluntad común que decreta las leyes y la Fuerza de
todos que constituye la soberanía.
¡Hermano! el precepto de la antigua ley: Ama a tu prójimo como a ti mismo; la sublime
máxima de Cristo: Haz a los demás todo lo que quieres que te hagan a ti; la
Constitución de Licurgo, las instituciones más hermosas de la República Romana,
quiero decir, la ley agraria; los principios de usted, que acabo de enumerar; los míos,
que le he consignado en mi última carta, y que consisten en asegurar a todos los individuos
primeramente el sustento y, en segundo lugar, una educación pareja; todo esto
parte de un punto común, y va también a parar a un mismo centro.
Y ese centro es siempre el fin único hacia el cual tenderán todas las constituciones de la
tierra, cuando se van perfeccionando. Bien se pueden abatir los cetros de los reyes,
constituirse en república, proferir continuamente la sagrada palabra de igualdad, sólo se
perseguirá un vano fantasma, sin llegar a nada.
Se lo digo bien claro, a usted, mi hermano, y no me atrevería a insinuárselo a otros: esta
ley agraria, que los ricos temen y ven venir, y en la que aún no piensan en absoluto las
multitudes de los desposeídos, es decir, las cuarenta y nueve cincuentavas partes del
género humano, las cuales sin embargo, si no llega pronto, morirán en su totalidad
dentro [sic] dos generaciones cuando más (averiguaremos juntos, matemáticamente,
esta espantosa predicción en cuanto usted quiera); esta ley que, si recuerda bien, un día
en que estaba entre nosotros dos, Mably 3 invocaba ardientemente; esta ley que no
asoma jamás en el horizonte de los siglos sino en circunstancias como las que vivimos
hoy; es decir, cuando los extremos verdaderamente se tocan; cuando la propiedad de la
tierra, la única verdadera riqueza, se encuentra en pocas manos, y cuando la
imposibilidad universal de saciar el hambre impulsa a las multitudes a reivindicar el
gran dominio del mundo, donde el Creador quiso que cada ser humano poseyese el
radio de circunferencia necesario para producir su propio sustento; esta ley, digo, es el
corolario de todas las leyes; en ella descansa siempre un pueblo una vez que ha logrado
mejorar su constitución en todos los demás aspectos (...) ¿qué digo? Es entonces cuando
simplifica asombrosamente esa constitución. Usted se habrá dado cuenta de que, desde
que la nuestra comenzó, hicimos cada día cien leyes; y a medida que estas se han
multiplicado, nuestro código se ha vuelto cada vez más oscuro. Cuando lleguemos a la
ley agraria, preveo que, siguiendo el ejemplo del legislador de Esparta,4 este código
demasiado inmenso será entregado a las llamas, y una sola ley de seis o siete artículos
nos bastará. Me comprometo a demostrarlo con mucho rigor.
Usted reconocerá sin duda, al igual que yo, esta gran verdad, de que la perfección de
una legislación depende del restablecimiento de esa igualdad primitiva que usted canta
en forma tan hermosa en sus poemas patrióticos; y, como yo, usted siente sin duda
también que marchamos a grandes pasos hacia esta asombrosa revolución.
Precisamente por eso, yo, que soy tan partidario del sistema, no me decido a abandonar
las contemplaciones a que me entrego, al ver que sus principios y su energía hacen de
usted tal vez la persona más apropiada para preparar esta gran conquista, y que la
Providencia parece secundarnos impulsándolo a una carrera conveniente para combatir
más ventajosamente en favor de la causa.
Sí, usted estaba tal vez elegido, y quizás lo estábamos los dos, para ser los primeros en
sentir y hacerles sentir a los demás el gran misterio, el gran secreto que ha de romper las
cadenas humanas. Si así es, ¡cuan grande lo veo entre los legisladores!
Pero, ¿de que modo concibo que, con toda la fuerza de que usted está armado, le será
posible dirigir los primeros movimientos para acelerar tan hermosa victoria? ¿Será
abiertamente y por un manifiesto preciso como habrá de anunciarse al salvador del
mundo? No, sin la menor duda, y no sería bien acogido si propusiese crudamente tales
consideraciones a nuestra desgraciada asamblea.5 Su virtud se vería obligada, para
combatir la corrupción, a servirse de las armas generalmente introducidas por esta
misma; habrá que oponer una política a otra política. Será preciso que las disposiciones
principales estén bien disfrazadas, y que no parezcan tender en absoluto hacia el fin
concertado.
Pero reflexiono (...) y me digo: no hay casi nadie que no rechace lejos de sí la ley
agraria; el prejuicio en relación con ella es mucho peor que con la monarquía, y siempre
han acabado ahorcados aquellos que han osado abrir la boca sobre este gran tema.
¿Estoy seguro de que J. M. Coupé estará de acuerdo conmigo en este sentido? ¿No me
objetará, al igual que todo el mundo, que de ello resultaría la defección de la sociedad;
que sería injusto despojar a todos aquellos que han adquirido legítimamente, y que ya
nadie haría nada por los demás; y que, suponiendo que la cosa fuese posible, las
modificaciones posteriores restablecerían muy pronto el orden anterior? ¿Quedará
satisfecho con mis respuestas: que la tierra no debe ser alienable; que al nacer cada
hombre debe encontrar para sí una porción suficiente de ella, tal como sucede con el
aire y el agua; que al morir debe legarla, no a sus herederos más cercanos sino a la
sociedad entera; que precisamente este sistema de alienabilidad ha sido el que lo ha
transmitido todo a unos, y no ha dejado nada para los otros...; que las convenciones
tácticas, gracias a las cuales los precios de los trabajos más útiles han sido reducidos a la
tasa más baja, mientras que los precios de las ocupaciones indiferentes o incluso
perniciosas para la sociedad han sido centuplicados, estas convenciones son las que le
han entregado al obrero inútil los medios para expropiar al obrero útil y más
laborioso...; que si hubiese existido más uniformidad en los precios de todos los
trabajos, si no se les hubiese asignado a algunos de ellos un valor de opinión, todos los
obreros serían ricos en igual medida; que por consiguiente una nueva repartición no
haría sino volver a poner las cosas en su lugar...; que si la tierra hubiese sido declarada
inalienable (sistema que destruye totalmente la objeción del peligro de restablecer la
desigualdad mediante las mutaciones, después de la distribución), cada hombre tendría
asegurado su patrimonio, y no habríamos dado vida a estas inquietudes, continuas y
siempre desgarradoras, por la suerte de nuestros hijos: de ahí la edad de oro y la
felicidad social, en lugar de la disolución de la sociedad; de ahí un estado de
tranquilidad en relación con nuestro futuro, una fortuna duradera al amparo de los
caprichos del destino, todo lo cual debería preferirlo incluso el hombre más feliz de este
mundo, si comprendiese bien sus verdaderos intereses (...); que, finalmente, no es cierto
que la desaparición de las artes sería necesariamente el resultado de este nuevo ajuste,
porque es evidente, por el contrario, que todo el mundo no podría ser labrador; que cada
hombre no podría, como no puede hacerlo hoy, procurarse por sí solo todas las
máquinas que se nos han hecho necesarias; que no cesaríamos de vernos en la necesidad
de realizar un intercambio continuo de servicios y que, aparte de que cada individuo
tendría su propio patrimonio inalienable, que constituiría en cualquier momento y en
cualquier circunstancia su inatacable reserva contra la miseria, aparte de esto, todo lo
que concierne a la industria humana seguiría tal como está hoy?
Voy a probarle, a usted, querido hermano, y al propio tiempo a mí mismo, que usted
parte para la Asamblea Legislativa dispuesto a hacer consagrar todo esto como artículos
de ley constitucional. Le dije en mi carta anterior que mis deseos serían:
1. Que los legisladores de todas las legislaturas reconociesen, para el pueblo, que la
Asamblea Constituyente es cosa absurda; que los diputados designados por el pueblo
están encargados en todo momento de hacer todo lo que consideren útil para la felicidad
del pueblo... De ahí la obligación y la necesidad de dar el sustento a esta inmensa
mayoría del pueblo, que ya no lo tiene, a pesar de su buena voluntad de trabajar. Ley
agraria, igualdad real.
2. Que el veto,6 verdadero atributo de la soberanía, sea del pueblo; y con un éxito
bastante evidente (ya que hemos visto luego, en la pequeña obra: De la ratificación de la
ley,7 que le he comunicado, que mis medios son parecidos a los del autor), he
demostrado su posibilidad de ejecución pese a todo lo que ha podido decirse en contra...
De este veto del pueblo, no debemos esperar que lo demande la parte más sufrida y
siempre expuesta al terrible sentimiento del hambre; un patrimonio asegurado: la ley
agraria.
3. Que cese la división de los ciudadanos en varias clases; admisión de todos a todos los
puestos; derecho para todos de votar, de expresar su opinión en todas las asambleas; de
vigilar estrechamente la asamblea de los legisladores; libertad de reunión en las plazas
públicas; supresión de la ley marcial; destrucción del espíritu de cuerpo de los G. Nat.
(Guardia Nacional) haciendo participar en ella a todos los ciudadanos, sin excepción y
sin otro destino que el de combatir a los enemigos externos de la Patria. De todo esto se
derivará necesariamente la extrema emulación, el gran espíritu de igualdad, de libertad,
la energía cívica, los grandes medios de manifestación de la opinión pública, y por ende
de expresión de la voluntad general que es, en principio, la ley; la reclamación de los
primeros derechos del hombre y, por consiguiente, el pan honradamente asegurado para
todos: Ley agraria.
4. Que todas las causas nacionales sean tratadas en plena asamblea y que se supriman
los comités. Desaparecerá así esa negligencia, esa apatía, esa indiferencia, ese abandono
absoluto a la pretendida prudencia de un puñado de hombres que llevan a toda una
asamblea y entre los cuales es mucho más fácil intentar la corrupción. De ahí la
obligación para todos los senadores de ocuparse esencialmente del objeto cometido a
discusión y decidir con conocimiento de causa; de ahí la alerta a todos los defensores
del pueblo, y la necesidad de sostener sus derechos más caros y, por consiguiente de
velar para que precisamente todos puedan vivir: la ley agraria.
5. Que se conceda ampliamente el tiempo necesario para reflexionar, en la discusión de
todos los asuntos. De donde resultará que, no solamente los improvisadores, los
aturdidos, los habladores de siempre, la gente que se explaya siempre antes de pensar,
no serán los únicos en determinar las resoluciones, sino que además la gente que
prefiere meditar un plan antes de pronunciarse ejercerá también su influencia sobre las
decisiones. Así, ningún charlatán interesado en combatir todo lo que es justo podrá
echar prestamente a un lado una buena proposición por alguna pequeñez sutil y propia
únicamente para engañar; y si se habla para aquellos cuyas necesidades más apremian,
el hombre honrado puede pesar y apoyar la proposición y obtener el triunfo de la
sensibilidad. Gran encaminamiento hacia la ley agraria.
¡Y bien!, hermano patriota, si los principios que acabo de exponer han sido siempre los
suyos, hay que renunciar hoy a ellos si no quiere la ley agraria porque, o yo ando muy
equivocado, o las últimas consecuencias de estos principios son esta ley. Usted trabaja
pues eficazmente en su favor si persiste en estos mismos principios. Con ellos no se
tergiversa y, si en su fuero interno usted se propone algo menos que esto en su misión
de legislador, se lo repito, libertad, igualdad, derechos del hombre seguirán siendo
palabras temibles y expresiones sin sentido.
Lo vuelvo a decir de nuevo: no serían estas las intenciones que habría que divulgar al
comienzo; pero un hombre de buena voluntad aceleraría mucho el desenlace si se
dedicara a hacer decretar todas nuestras bases antes enumeradas, asentándolas en el
fundamento de la plenitud de los derechos de libertad debidos al hombre, principio que
siempre se puede invocar y profesar altamente sin correr peligro. Los llamados
aristócratas son más listos que nosotros; entreven demasiado bien este desenlace. El
motivo de su oposición tan vivaz en el asunto de los tributos8 es su temor de que, una
vez que una mano profana haya tocado lo que ellos llaman el sagrado derecho de
propiedad, la falta de respeto ya no tenga límites. Manifiestan sus temores de una forma
muy general acerca de lo que esperan los defensores de los que tienen hambre, quiero
decir, acerca de la ley agraria, para un futuro muy cercano: buen aviso que debemos
tener presente.
Me complazco en extenderme sobre este gran tema ante; un alma como la suya, cuya
sensibilidad bien conozco. Porque, en definitiva, es del pobre, en el que todavía no se ha
pensado; es del pobre, digo, de quien debe tratarse principalmente al regenerar las leyes
de un imperio; es él, es su causa, lo que más interesa apoyar. ¿Cuál es el fin de la
sociedad? ¿No es acaso el de procurarles a sus miembros la mayor suma de dicha
posible? ¿Y de qué sirven, pues, todas nuestras leyes, si como último resultado no
logran sacar de la profunda desesperación a esta masa enorme de indigentes, a esta
multitud que compone la inmensa mayoría de la asociación? ¿Qué es un comité de
mendicidad, que sigue envileciendo a los seres humanos hablando de limosnas y de
leyes represivas, tendentes a forzar a la multitud de los desposeídos a cobijarse dentro
de sus chozas para morir de agotamiento, para que el triste espectáculo de la naturaleza
aquejada no despierte la reclamación de los primeros derechos de todos los hombres que
ella misma ha formado para que vivan, y no para que unos pocos acaparen el sustento
de todos?
Se ha hablado con frecuencia de entregar una propiedad, tomada de los bienes del clero,
a cada soldado austriaco u otro sicario de déspota que renunciara a exponer su vida por
la causa del tirano, y viniera a añadirse a nuestras filas. ¿Cómo se ha podido pensar en
ser tan generosos con hombres cuyo único interés del momento determinará cesar de
hacernos daño, y olvidar que la mayoría de nuestros conciudadanos yacen postrados y
privados de todos los recursos necesarios para mantener su existencia?
Legislador, cuyos reconocidos sentimientos humanos han hecho subir al gran escenario
en que lo admiro, ¿llegará usted, como yo, a la conclusión de que es verdad que el fin y
la coronación de una buena legislación es la igualdad en la posesión de la tierra, y que
las miras secretas de un verdadero defensor de los Derechos del Pueblo han de tender
siempre hacia ese fin? ¿Cuáles son los hombres que más admiramos? Los apóstoles de
las leyes agrarias, Licurgo entre los griegos, y, en Roma, Camilo, los Gracos, Casio,
Bruto, y los demás. ¿Por qué fatalidad lo que es motivo de nuestro más profundo
homenaje a los otros, habría de ser para nosotros motivo de reprobación? ¡Ah!, ya lo he
repetido y lo vuelvo a decir: el que no tenga, como fin último de lo que promueve, las
miras que yo proclamo, debe renunciar a expresar de buena fe las sagradas palabras de
civismo, libertad, igualdad; debe, para impedir su efecto, acorde con la conducta pura y
recta de aquellos que las declaran con sinceridad; debe —digo—, al pronunciarlas,
construir sus planes sobre el modelo de los de los Barnave,9 de los Thouret,10 y de
tantos otros traidores dignos de sufrir, algún día, el castigo de la justicia nacional.
¡Usted se ha comprometido a seguir a otros émulos, valiente ciudadano! En un proyecto
de declaración de los Derechos del Hombre, en 1789 Pétion 11 dedicó un artículo al más
importante de estos derechos, que se ha querido olvidar en la Declaración decretada, y
era el que tenía como objeto la obligación, por parte de la sociedad, de asegurar a todos
sus miembros un decoroso sustento. Analice a Robespierre, lo encontrará igualmente
«agrariano» en última instancia; y esos ilustres personajes se ven obligados a dar
muchos rodeos, porque saben que el momento todavía no ha llegado. Usted se elevará a
la altura de esos respetables filántropos; de sus máximas, vertidas en el proyecto,
resultarán declaraciones iguales a las de ellos...
G. Babeuf, Beauvais, 10 de septiembre de 1791.
NOTAS:
1 Cf. la carta de Babeuf a Coupé de l'Oise, de Beauvais, del 10 de septiembre de 1791, en G. Babeuf: La Doctrina des
égaux, extraído de las Obras completas publicadas por Albert Thomas, Cornély et Cié, París, 1906.
2 Babeuf dirige esta carta a Coupé, quien acababa de ser elegido miembro de la Asamblea Legislativa, inaugurada, luego el
1 de octubre de 1791: como no podía ser elegido él mismo a causa de los numerosos enemigos que le habían procurado sus
polémicas, había apoyado la candidatura del abate Jacques Michel Coupé, llamado Coupé de l'Oise, y del que fue el
inspirador: hoy quedan tres cartas de Babeuf al abate. La Biblioteca Nacional de París posee numerosos escritos publicados
por Coupé: son, en su mayoría, estudios sobre problemas agrícolas, informes e intervenciones en las Asambleas de París y
en la Convención Nacional.
El presente escrito de Babeuf no es sólo el «primero» cronológicamente en esta recopilación: la continua referencia a la «ley
agraria» lo sitúa en una fase anterior a todos los demás escritos, así como también las afirmaciones del propio Babeuf, que
tendrán su punto culminante unos años más tarde, en ocasión de la Conspiración de los Iguales.
3 Gabriel Bonnot de Mably, utopista, autor de obras de gran resonancia; una edición completa de los escritos de Mably, en
15 tomos, se publicó en vísperas de la conspiración babuvista (1794-1795).
4 Licurgo.
5 La Asamblea Legislativa.
6 La Constitución francesa del 3 de septiembre de 1791 estipulaba, en su tercera sección, art. 1: «Los decretos del Cuerpo
Legislativo son presentados al rey, que puede negar su consentimiento»; en los artículos que seguían se describían las
formas en que se podía pasar por encima del voto real. Babeuf, y junto con él toda la «izquierda», se declaraba, en su carta,
contrario a esta legislación.
7 El opúsculo aquí mencionado no está incluido en el catálogo impreso en la Biblioteca Nacional de París.
8 El diezmo representaba el derecho feudal, de los señores, de obtener una parte de los productos de las tierras sometidas a
su jurisdicción: Babeuf, en los primeros tiempos de la Revolución, tomó partido en la lucha para suprimir los diezmos y los
derechos feudales, lucha que fue particularmente violenta en Picardía.
9 Antoine-Pierre Batnave (1761-1793), uno de los elementos más representativos de la Asamblea Constituyente, que se
pasó a la reacción después de la huida del rey a Varenne.
10 Jacques-Guillaume Thouret (1746-1794), monárquico constitucional, autor de numerosos escritos.
11 Jéróme Petion de Villeneuve, demócrata, luego girondino.

Manifiesto de los Plebeyos


Babeuf que, había apoyado el movimiento de 9 de Termidor (que significó el fin del Comité de Salud Pública y la caida de los jacobinos robespierrista) se percató con bastante rapidez del sentido burgués del nuevo régimen que se construía y entró en contradicción con él. Ello le supuso la detención. Estuvo detenido hasta el 18 de diciembre de 1794. Para enmarcar el rumbo contrarevolucionario de Termidor, podemos citar que el 12 de noviembre ( 22 Brumario) había sido clausurado el Club de los jacobinos y que el 24 de diciembre (4 Nivoso), había sido abolida la ley del maximum. El conjunto de la política económica y social de Termidor fue de instauración del régimen capitalista de producción, el liberalismo económico más desatado.

Como dice Guerin:"Se sacrificaba deliberadamente a los pobres...Al tiempo que se les quitaba el pan de la boca, privaban a los sans culottes de una de sus conquistas esenciales: la libertad política." El primero de abril de 1795 (12-13 Germinal del año III) se produjo una insurrección popular en Paris, como expresión de la desesperación popular que fue seguida de las jornadas de 1-4 de Pradial. La derrota del movimiento popular fue ya total.

Por su parte, Babeuf había empezado a publicar su periódico "El Tribuno del Pueblo" desde verano del 94, que siguió publicándose hasta el 24 de abril de 1796. A raíz de los artículos del Tribuno estuvo detenido entre febrero y noviembre de 1795,en Paris, en Baudets y en Arrás La cárcel le permitió realizar una reflexión sobre lo que estaba ocurriendo y trazar los planes de un nuevo proyecto político: establecer la igualdad de hecho. Babeuf, salido de la cárcel gracias a la amnistía concedida por el Directorio, reemprende inmediatamente la publicación de su periódico "Le Tribun du peuple".

Sus ideas sociales y políticas estaban claras y su Programa era coherente. Todavía era necesario propagarlas y continuar firme en las posiciones defendidas. Durante las semanas que separan la reaparición del "Tribun" y el fracaso de la conspiración, Babeuf se comporta como un jefe de partido: designa los objetivos y critica los periódicos republicanos que pactan con el Directorio; contribuye eminentemente al renacimiento del movimiento democrático y a la organización de los grupos revolucionarios; denuncia la reacción y establece un balance en su periódico de los beneficios del "sistema de la igualdad" y de las villanías dictatoriales. Sus últimas llamadas corresponden a la época en que fue construido el aparato insurreccional babouvista. Las frases apasionadas de Babeuf revelan a la vez la grandeza mesiánica del hombre y las incertidumbres de la tentativa. Babeuf presentó en el índice de su periódico el Manifiesto bajo el título "Extracto del gran manifiesto a proclamar para reestablecer la "igualdad de hecho". Necesidad para todos los desgraciados franceses de una retirada al Monte Sagrado o de la formación de una Vendée plebeya".

En él se encuentra lo esencial de los proyectos socialistas y políticos de los babouvistas. Babeuf, que había constatado a su salida de la cárcel la desbandada popular y las vacilaciones de los demócratas, vió como una necesidad mostrar, lo más rápidamente posible, "lo que era necesario hacer". En el Prospecto aparecido al mismo tiempo que el número 34 de "Le Tribun du peuple", escribía: "Persuadido eternamente de que no se puede hacer nada grande sin todo el Pueblo, creo que es necesario aún, para hacer alguna cosa con él, mostrar- le continuamente "lo que es necesario hacer" y temer menos los inconvenientes de la publicidad de los que la política se aprovecha, que contar con las ventajas de la fuerza colosal que delata siempre la política... Tenemos que calcular las fuerzas que se pierden dejando la opinión en la apatía, sin aliento y sin objeto, y todo lo que se gana activándola y enseñándole el "fin"". Todo el número 34 de "Le Tribun du peuple" que precede al Manifiesto, no es nada más que una llamada a la opinión para que despierte, a que no se deje ganar por aquellos que quieren llevar al movimiento popular por la vía de la moderación (Fouché, Barras, etc.) y para hablar, como a principios del siglo xx, de la vía de la "colaboración de clase y del reformismo". El Manifiesto de los plebeyos, fue el pretexto para nuevas persecuciones contra Babeuf. ¡Patriotas! ¡Estáis un poco descorazonados!, ¡Me atrevería a decir que sois un poco pusilánimes! Estáis espantados porque sois muy pocos y teméis el fracaso. Pero acabáis de ver, y os lo han dicho, que queda muy poco que retroceder. ¡Vencer o morir!, no habéis olvidado que éste fue nuestro gran juramento. Vuestros enemigos os apresuran a llegar a la manos: y yo también. Procediendo de otra forma de la que ellos lo entienden, podéis salvar a la patria. Os haré ser, a pesar vuestro, valientes. Os forzaré a, llegar al enfrentamiento con nuestros adversarios comunes... ¡Hombres libres! No soy imprudente en absoluto... no soy prematuro en absoluto... Todavía no sabéis dónde y cómo quiero ir. Veréis pronto mi camino; y, o bien no sois demócratas, o juzgaréis que éste es el bueno y el seguro. En principio somos pocos obreros, es verdad; pero pronto habremos agrupado a los que hace falta. (... )

¡Patriotas! Lo he hecho todo para haceros reconocer "atentos y convencidos" la necesidad de detestar el régimen aristocrático bajo el que estamos encadenados, y para haceros ver, de una forma igualmente manifiesta, que solamente podréis vivir después del, retorno de la democracia, que ya habéis conquistado. Lo he hecho, porque he creído que "ha llegado la hora" de emprender el combate entre vosotros y los pérfidos enemigos de un sistema equitativo. ¡Ahora sois vosotros quienes debéis forzar el combate! Esto es lo que yo he querido. Debe ser forzado, digo, porque vuestros enemigos no pueden desconocer, y vosotros mismos no lo podéis disimular, "lo que queremos". Ya no tenemos tradición. Creo, he creído siempre, que si dejamos escapar este momento para llegar a las manos, no nos quedará por mucho más tiempo la esperanza de reconquistar este estado de libertad y de felicidad por el que hemos hecho tantos sacrificios. Que el gobierno, tan alabado por los republicanos y tan cordialmente aborrecido por los patricios y los monárquicos; que el gobierno justifique las esperanzas de unos y pague el odio de los otros con una retribución merecida. Que ayude, en lugar de impedir, los movimientos necesarios para devolver al pueblo sus derechos. Que los miembros del Directorio ejecutivo 'tengan la suficiente virtud para minar su propio establecimiento'. Que se dediquen voluntariamente, y que sean los primeros en desdeñar, todo el andamiaje de la aristocracia "superlativa", esta institución gigantesca que se sostiene siempre difícilmente, porque contrasta demasiado con los principios que nos han hecho hacer la revolución. Que rechacen todo este aparato, toda esta pompa veneciana, esta magnificencia casi monárquica , que escandaliza a nuestros ojos que sólo están acostumbrados ya a admirar lo simple y lo que se acerca a la igualdad. Que protejan, en lugar de continuar persiguiendo, a los apóstoles de la democracia, y que dejen predicar libremente la santa moral. Que sean tan grandes como lo fueron Agis y Cleomena, en situaciones muy parecidas a la suya ( ... )

Babeuf condena seguidamente la quietud de los demócratas y sus vacilaciones para combatir al gobierno. Muestra que su fin no es establecer un nuevo régimen político, sino un nuevo régimen social basado en la igualdad, del que no se puede diferir la llegada.

(... ) Las instituciones tienen que asegurar la "felicidad común", la comodidad de todos los asociados. Recordemos algunos de los principios fundamentales desarrollados en nuestro último número, en el artículo De la guerra de los ricos y de los pobres. Repeticiones de este género no aburren lo que interesan. Señalábamos que la "perfecta igualdad" es de derecho primitivo: que el pacto social lejos de atentar contra este derecho natural, tiene que dar a cada individuo garantías de que este derecho no será nunca violado; que además, nunca deberían existir instituciones que favorecieran la desigualdad, la codicia, que pudieran permitir evadir lo necesario para unos, para formar lo superfluo para otros. Que sin embargo había sucedido lo contrario, que convenciones absurdas se habían introducido en la sociedad y habían protegido la desigualdad, habían permitido el despojo de la mayoría de la minoría; que existieron épocas en las que los resultados de estas asesinas reglas sociales, fueron que la universalidad de las riquezas se había concentrado en las manos de unos pocos; que la paz que es natural cuando todos son felices, entonces era necesariamente precaria; que la masa que no podía continuar existiendo, al no poseer nada, encontrando solamente corazones inhumanos en la casta que se había apoderado de todo, estos efectos determinaban la época de estas grandes revoluciones, fijaban los períodos memorables, predichos en el libro del Tiempo y del Destino, en las que el cambio radical en el sistema de propiedad se convierte en inevitable, donde la revuelta de los pobres contra los ricos es una necesidad a la que ya nada puede vencer. Nosotros hemos demostrado que en 1789, estábamos en este momento, y que es por esto que entonces estalló la revolución. Hemos demostrado que, después de 1789, singularmente desde 1794 y 1795, la aglomeración de las calamidades y la opresión pública habían hecho urgente la conmoción majestuosa del pueblo contra sus expoliadores y sus opresores...

Babeuf utiliza seguidamente un conjunto de situaciones sacado de la historia republicana de Roma, para demostrar que en una situación parecida, a la que, en su opinión, conocía el pueblo de París en 1795, el no "respetar las propiedades" era conforme a la naturaleza humana: (... ) No es la igualdad mental lo que necesita un hombre que pasa hambre o que tiene necesidades: la tenía, esta igualdad, en el estado natural. Repito, porque no es un don de la sociedad; y porque para limitar aquí los derechos del hombre, era mejor para él quedarse en el estado natural, buscando y disputando su subsistencia en los bosques o al borde del mar o de los ríos... La primera y la más peligrosa de las objeciones, además de la más inmoral, es el pretendido derecho a la propiedad, en su acepción común. ¡El derecho a la propiedad! Pero, ¿cuál es pues este derecho a la propiedad? ¿Se entiende por ello el derecho de disponer de ella a su agrado? Si se entiende así, lo proclamo en voz alta, es reconocer la "ley del más fuerte", es engañar el deseo de la asociación, es recordar a los hombres el ejercicio de los derechos de la naturaleza, y provocar la disolución del cuerpo político. Si, por el contrario, no se entiende así, me pregunto cuál será la medida y el límite de este derecho, ya que al fin de cuentas es necesario uno. ¿No lo esperáis de la moderación del propietario? (...) (... ) ¿Queréis de buena fe la felicidad del pueblo? ¿Queréis tranquilizarlo? ¿Queréis ligarlo indisolublemente al éxito de la revolución y al establecimiento de la República? ¿Queréis acabar con sus inquietudes y sus indigestiones intestinas?, declarad hoy que la base de la constitución republicana de los franceses será el limite al derecho de propiedad. (... ) No es más en "los espíritus" donde hay que hacer la revolución; no es allí donde hay que buscar el éxito: desde hace tiempo ya está hecha y es perfecta, toda Francia os lo atestigua: es "en las cosas" donde es necesario que esta revolución, de la que depende la felicidad del género humano, se haga. ¡Eh!, ¿qué importa al pueblo, qué importa a todos los hombres un cambio de opinión que no les procure nada más que una felicidad ideal? Uno puede quedarse extasiado, sin duda, ante este cambio de opinión; pero esta beatitud espiritual sólo conviene a los buenos espíritus y a los hombres que gozan de todos los bienes de la fortuna. Les es bien fácil a éstos, embriagarse de libertad y de igualdad: también el pueblo bebió la primera copa con delicia, también se embriagó. Pero temed que esta borrachera no pasa y que, estando más calmado y siendo más desgraciado que antes, no lo atribuya a la seducción de algunos facciosos, y no se imagine haber sido el juguete de las pasiones o de los sistemas de la ambición de algunos individuos. La situación moral del pueblo no es hoy nada más que un sueño que es necesario realizar, y no lo podéis hacer de otra forma que haciendo "en las cosas" la misma revolución que habéis hecho "en los espíritus". (... ) ¿Es "ley agraria" lo que queréis?, se alarmarán mil voces de hombres honestos. NO: es más que esto. Sabemos qué argumento invencible nos opondrían. Nos dirían, con razón, que la ley agraria no puede durar más que un día; que desde la mañana siguiente de su promulgación, se restablecería la desigualdad. Los tribunales de Francia que nos han precedido, han concebido mejor el verdadero sistema de la felicidad social. Han sentido que tenía que residir en instituciones capaces de asegurar de mantener inalterablemente la "igualdad de hecho". La "igualdad de hecho" no es una quimera. El ensayo práctico fue emprendido felizmente por el tribuno Licurgo. Se sabe cómo llegó a instaurar este sistema admirable, en el que las cargas y las ventajas de la sociedad estaban igualmente repartidas, en el que todos tenían lo suficiente, y en el que nadie podía esperar lo superfluo. Todos los moralistas de buena fe reconocieron este gran principio e intentaron consagrarlo. Los que lo enunciaron más claramente fueron, en mi opinión, los hombres más estimables y los más distinguidos tribunos. El judío Jesucristo no merece este título sino es en forma mediocre, ya que expresó demasiado obscuramente su máxima: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Esto insinúa, pero no dice explícitamente, es que la primera de todas las leyes es que ningún hombre puede pretender legítimamente que ninguno de sus semejantes sea menos feliz que él . J. Jacques ha precisado mejor este mismo principio, cuando ha escrito: "Para que el estado social sea perfeccionado, es necesario que cada uno tenga lo suficiente"[1], y que ninguno tenga demasiado. Este corto párrafo es, en mi opinión, el elixir del contrato social. Su autor lo ha hecho tan inteligible como le era posible en el tiempo en que escribía y pocas palabras bastan a quien sabe comprender. Escuchar a Diderot, no dejará equívoco sobre cuál es el único y verdadero sistema de sociabilidad conforme a la justicia: "Hablad tanto como queráis -dice- sobre la mejor forma de gobierno, no habréis hecho nada en tanto no hayáis destruido los gérmenes de codicia y de la ambición." No es necesario ningún comentario para explicar que, la mejor forma de gobierno, es que sea imposible a todos los gobernadores convertirse en más ricos o más fuertes en autoridad que cada uno de sus hermanos; para que en una justa, igual y suficiente parte de las ventajas para cada individuo, se encuentren los limites de la codicia y de la ambición. Robespierre os dirá también, que éstas son las bases de todo pacto fundado en la igualdad de los derechos primitivos o de la naturaleza. "El fin de la sociedad -dice en su Declaración de Derechos- es la felicidad común -es decir, evidentemente, la felicidad igual de todos los individuos- que nacen iguales en derechos y necesidades." Y más lejos esta otra máxima de moral eterna: "No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti - es decir- haz a los otros lo que querrías que te hicieran a ti ( ... )." Y, ¿no es a esto, a lo que, armado con la razón más soberana, Saint-Just, cuando parecía querer responder a sus verdades incontestables, daba una doble protección, al dirigimos estas importantes palabras a vosotros, Sans-culottes, oprimidos siempre?: "Los desgraciados son las potencias de la tierra, tienen derecho a hablar como dueños a los gobiernos que actúan con negligencia hacia ellos." (...) La religión de la "pura igualdad", que nos atrevemos a predicar a todos nuestros hermanos despojados y hambrientos, quizá les parezca a ellos mismos, por más natural que les sea; les parecerá, digo, quizá nueva pero por ser tan viejos en nuestras bárbaras y numerosas instituciones, que casi no podemos concebir que sean más justas y más simples (...). Babeuf hace seguidamente un llamamiento a la tradición propia de la Revolución Francesa, citando los textos igualitarios de los hombres que después del 9 termidor han "cambiado de camisa" : Tallien, en "Ami des sans-culottes" en 1793, y Fouché en su decreto del 24 brumario del año II (14 de noviembre de 1793). ¿Es necesario para restablecer los derechos del género humano y hacer cesar todos los males, es necesario una " retirada al Monte Sagrado o una Vendée plebeya? ¡Que todos los amigos de la "igualdad" estén listos y se den por aludidos! ¡Que cada uno de ellos se llene de la incomparable belleza de esta empresa! ¡Los Israelitas a liberarse de la servidumbre egipcia! ¡Llegar a la posesión de las tierras de Canaán! ¿Qué expedición fue nunca más digna de iluminar los grandes corajes? El Dios de la Libertad, estemos seguro de ello, protegerá a los "Moisés" que la querrán dirigir. Nos lo ha prometido sin necesidad del intermediario Aaron, del que no sabemos qué hacer, como tampoco de su colega el vicario. Nos lo han prometido, sin aparición milagrosa en el zarzal ardiente. Dejemos a un lado todos estos pródigos, todas estas necedades. Las inspiraciones de las divinidades republicanas se manifiestan simplemente bajo los auspicios de la naturaleza (Dios Supremo) por la voz del corazón de los, republicanos [2]. Nos ha sido revelado, pues, que mientras numerosos "Josué" combatirán en la llanura sin necesidad de detener el sol, muchos, en lugar del legislador de los Hebreos, estarán en la verdadera "Montaña Plebeya". Allí trazarán, al dictado de la justicia eterna, el decálogo de la santa humanidad, del sans-culottisme, de la imprescriptible equidad. Proclamamos, bajo la protección de nuestras cien mil picas y de nuestras lenguas de fuego, el primer código verdadero de la naturaleza, que no podrá ser nunca quebrantado. Explicaremos claramente qué es la " felicidad común, fin de la sociedad". Demostraremos que la suerte de todo hombre no debe acabar al pasar del estado natural al social. Definiremos la propiedad. Probaremos que la tierra no es de nadie, sino que es de todos. Probaremos que todo lo que un individuo acapara más allá de lo que le es necesario para su alimentación, es un robo. Probaremos que el pretendido derecho a la alienabilidad es un infame atentado populicida. Probaremos que la "herencia por familia" es un error no me- nos grande; que aísla a todos los miembros de la asociación, y que hace de cada familia una pequeña república, que no puede dejar de conspirar contra la más grande y que consagra la desigualdad. Probaremos que todo lo que un miembro del cuerpo social tiene "por debajo" de los suficiente a sus necesidades de toda especie y de cada día, es el resultado de una expoliación de su propiedad individual hecha por los acaparadores de bienes comunes. Que, en consecuencia, todo lo que un miembro del cuerpo social tiene "por encima" de los suficiente a sus necesidades de toda especie y de cada día, es el resultado de un robo hecho a los otros asociados, que priva necesariamente a un número más o menos grande de ellos, de su parte en los bienes comunes. Que los razonamientos, por más sutiles que sean, no pueden prevalecer sobre las verdades inalterables. Que la superioridad de los talentos y de las industrias no es más que una quimera y un cebo especial que siempre ha servido a los complots de los conspiradores contra la igualdad. Que la diferencia de valor y de mérito en el trabajo de los hombres, reposa en la opinión de que algunos de entre ellos han sentado y han sabido hacer prevalecer, Que es sin duda incorrecto que esta opinión haya apreciado la jornada del que hace un reloj, como veinte veces superior a la jornada de] que traza los surcos. Que es sin embargo con ayuda de esta estimación que la ganancia de un obrero relojero le ha llevado a adquirir el patrimonio de veinte obreros de arado, a los que ha expropiado por este medio. Que todos los proletarios lo son por el resultado de la misma combinación de todas las otras relaciones de la producción, pero que todas parten de la diferencia de valor, establecida entre las cosas por la única autoridad de la opinión. Que es absurda e injusta la pretensión de querer una recompensa más grande para aquel cuya tarea exige un mayor grado de inteligencia, y más aplicación y tensión de espíritu; esto no amplía en nada la capacidad de su estómago. Que ninguna razón puede pretender una recompensa que exceda de lo suficiente para las necesidades humanas. Que también es fruto de la opinión que el valor de la inteligencia, y quizá haya que examinarlo si el valor de la fuerza natural y física, no vale nada. Que son los inteligentes los que han dado tan alto precio a las concepciones de sus cerebros y que si hubieran sido los fuertes los que hubiesen reglamentado las cosas, habrían establecido sin duda que el mérito de los brazos vale tanto como el de la cabeza y que la fatiga de todo el cuerpo podría ser compensada con la de la única parte pensante. Que sin esta igualación, se da a los más inteligentes, a los más industrializados, una patente para acaparar, un título para despojar impunemente a los que lo son menos. Que es de este modo como se destruyó, derribando en el estado social, el equilibrio de la comodidad, ya que no hay nada que esté mejor demostrado que nuestra gran máxima: "no se llega a tener demasiado sino es haciendo que los otros no tengan lo suficiente". Que nuestras instituciones civiles, nuestras transacciones recíprocas no son más que actos de un bandidaje perpetuo, autorizados por leyes bárbaras y absurdas, a la sombra de las cuales solamente nos ocupamos en despojarnos mutuamente. Que nuestra sociedad de bribones implica, a causa de sus atroces convenciones primordiales, toda clase de vicios, de crímenes y de desgracias contra las que algunos hombres de bien se unen en vano para hacerles la guerra, que no pueden hacerla triunfar porque no atacan los males desde su raíz y aplican únicamente paliativos sacados de la reserva de ideas falsas de nuestra depravación orgánica. Que queda claro, por lo que precede, que todo lo que poseen aquellos que tienen algo más que su parte individual de los bienes de la sociedad, es robo y usurpación. Que por tanto es justo recuperarlo. Que el que pudiera probar que, gracias solamente a las fuerzas naturales, es capaz de hacer tanto como hacen cuatro personas juntas y que, en consecuencia, exige la retribución de cuatro, no dejaría por ello de conspirar contra la sociedad, porque destruiría el equilibrio por este único medio y destruiría la preciosa igualdad. Que la prudencia ordena a todos los asociados a reprimir este tipo de hombre, a perseguirle como a una plaga social, a reducirle a no poder hacer más tarea que la de uno, para no poder exigir más recompensa que la de uno solo. Que solamente es una especie la que ha introducido esta locura asesina, de distinción de mérito y de valor, y que también es ella quien conoce la desgracia y las privaciones. Que no deben existir privaciones en las cosas que la naturaleza nos da a todos, que son producto de todos, sino es una causa de accidentes inevitables de la naturaleza, y en este caso, las privaciones tienen que ser soportadas y repartidas entre todos igualitariamente. Que de este modo las producciones de la industria y del genio se convierten en propiedad de todos, de dominio de toda la asociación desde el mismo momento en que los inventores y los trabajadores las han hecho aparecer; ya que no son más que compensaciones de las invenciones precedentes del genio de la industria, de los que estos inventores y estos trabajadores se han aprovechado gracias a la vida en sociedad, y que les han ayudado en sus descubrimientos. Que, ya que los conocimientos adquiridos son de dominio público, deben ser repartidos igualitariamente entre todos. Que es una verdad mal constatada por mala fe, prejuicio o irreflexión, es decir que esta repartición convertiría a todos los hombres en iguales, con la misma capacidad y el mismo talento. Que la educación cuando es desigual es una monstruosidad, del mismo modo que cuando es patrimonio exclusivo de una parte de la asociación, ya que entonces se convierte, en manos de esta parte, en un montón de máquinas, en una provisión de armas de toda clase, con ayuda de las cuales esta primera parte combate a la otra desarmada, llegando fácilmente, en consecuencia, a yugularla, a engañaría, a despojarla, a esclavizaría bajo las cadenas más vergonzosas. Que no es verdad menos importante que la que ya hemos citado y que un filósofo ha proclamado en estos términos: "Hablad tanto como queráis, sobre la forma de gobierno, no habréis hecho nada en tanto no hayáis destruido los gérmenes de la codicia y de la ambición. " Que es necesario, pues, que las instituciones sociales nos lleven a un punto en el que nieguen a todo individuo la esperanza de llegar a ser más rico, más potente y más distinguido que ninguno de sus iguales. Que es necesario, para precisar todavía más esto, llegar a "encadenar la suerte"; a hacer la de cada asociado independiente de las circunstancias felices o desgraciadas; "a asegurar a cada uno y a su descendencia, por numerosa que sea, lo suficiente y nada más que lo suficiente" ; y a cerrar todas las vías posibles para que nunca puedan obtener más allá de esta parte individual de los productos de la naturaleza y del trabajo. Que el único medio de llegar hasta aquí, es establecer la "administración común"; suprimir propiedad particular; ligar cada hombre al talento, a la industria que conoce; obligarle a depositar sus frutos en especie en el almacén común, y establecer una simple administración de distribución, una administración de subsistencia que, teniendo registrados a todos los individuos, y a todas las cosas, hará repartir estas últimas en la igualdad más escrupulosa y las depositará en el domicilio de cada ciudadano. Que este gobierno, que la experiencia nos demuestra que es practicable, ya que se aplica a un millón doscientos mil hombres de nuestros doce ejércitos (lo que es posible en pequeño lo es en grande)[3] , que este gobierno es el único del que puede resultar la felicidad universal, inalterable, sin mezcolanzas; "la felicidad común, fin de la sociedad". Que este gobierno hará desaparecer los límites, las vallas, los muros, las cerraduras de las puertas, las disputas, los procesos, los robos, los asesinatos, todos los crímenes: los tribunales, las cárceles, las horcas, las penas, el desespero que causan todas estas calamidades; el ansia, la envidia, la insaciedad, el orgullo, los engaños, la duplicidad, en resumen, todos los vicios: y más aún, y sin duda este punto es el esencia, "el gusano roedor" de la inquietud general, particular, perpetua de cada uno de nosotros, por nuestra suerte de mañana, del próximo mes, del año siguiente, de nuestra vejez, la de nuestros hijos y la de sus hijos. Este resumen de este terrible manifiesto que ofreceremos a la masa oprimida del Pueblo francés, del que te damos un primer esbozo para empezarle a "dar gusto". ¡Pueblo, despierta a la esperanza!, acaba con la desesperación que te sepulta. (... ) Despierta a la vista de un futuro feliz. ¡Amigos de los reyes!, perded toda esperanza de que los mallos con los que habéis abrumado al pueblo le sometan para siempre jamás al yugo de uno solo. ¡Y vosotros, patricios!, ¡ricos!, ¡tiranos republicanos! renunciad igualmente, y todos a la vez, a vuestras especulaciones opresivas, sobre esta nación que no ha olvidado todavía sus juramentos a la libertad. Una perspectiva, más feliz que todo lo que podéis suponer, se abre a su vista. ¡Dominadores culpables!, en el momento en que creéis que podéis azotar sin peligro a este pueblo virtuoso con vuestro brazo de hierro, os hará sentir su superioridad, se liberará de vuestras usurpaciones y de vuestras cadenas, recuperará sus derechos primitivos y sagrados. Desde hace demasiado tiempo le estáis insultando en su agonía... "El pueblo -decís- está sin vigor; sufre y muere sin atreverse a quejarse." ¡El orgullo de la nación no se dejará pisar por estas humillaciones! ¡El nombre francés no pasará a la posterioridad acompañado de este envilecimiento! ¡Que este escrito sea la señal, la luz que reanime y vivifique todo lo que en otro tiempo tuvo calor y valentía!, todo lo que quemó con llama ardiente por la felicidad pública y la independencia perfecta. ¡Que el pueblo torne la primera idea verdadera de la Igualdad! Que estas palabras: "Igualdad", "iguales", "plebeyanismo" sean palabras de unión de todos los amigos del pueblo. Que el pueblo ponga a discusión todos los grandes principios; ¡que el combate se centre sobre el famoso tema de esta "igualdad" propiamente dicha y sobre el de la propiedad! ¡Que goce esta vez con la moral y que la llene de fuego sostenido hasta la consumación total de su obra! Que destruya todas las antiguas instituciones bárbaras y que las sustituya por aquellas que son dictadas por la naturaleza y la justicia eterna. Sí, ¡todos los males del pueblo están en el límite; no pueden empeorar! ¿No pueden repararse sino es un cambio total? ¿Que esta guerra del rico contra el pobre tome un color menos innoble? ¡Que deje de ser audaz por un lado y malvada por el otro! ¡Que los desgraciados respondan de una vez a sus opresores! Aprovechémonos de que nos han empujado hasta el límite. Avancemos sin rodeos, como hombres que se sienten llenos de todas sus fuerzas: Marchemos francamente hacia la Igualdad. Veamos el "fin de la sociedad"; ¡veamos la "felicidad común"! ¡Pérfidos o ignorantes! ¿Gritáis que es necesario evitar la guerra civil? ¿Que no hay que echar entre el pueblo la antorcha de la discordia? ( ... ) ¿Qué guerra civil es más irritante que aquella que muestra a todos los asesinos en un bando y a todas las víctimas sin defensa en el otro? ¿Clasificaríais de criminal a quien arma a las víctimas contra los asesinos? ¿No es mejor una guerra civil en la que las dos partes puedan defenderse recíprocamente? Que se acuse, si se quiere, a nuestro periódico de avivar la discordia. Tanto mejor: la discordia es mucho mejor que una horrible concordia en la que la gente muere de hambre. Que los partidos tomen posiciones; que la rebelión sea parcial, general, instantánea, que retroceda, que se determine. ¡Nosotros estamos siempre satisfechos! ¡Que el "Monte sagrado" o la "Vendée plebeya" se formen en un solo punto o en los ochenta y seis departamentos! Que se conspire poco o mucho contra la opresión, secretamente o a la luz del día, en cien mil conciliábulos o en uno solo, poco nos importa ya que se conspira y los remordimientos e inquietudes acompañan siempre a los opresores. Hemos dado la seria¡ para que muchos se den cuenta; para llamar a muchos cómplices; les hemos dado motivos suficientes y algunas ideas, estamos casi seguros que se conspirará. Que la tiranía intente, si puede, interceptamos... El pueblo, se dice, no tiene guías. Que aparezcan, y el pueblo desde este mismo instante romperá las cadenas y conquistará el pan para él y para todas las generaciones venideras. Repetimos una vez más: Todos los males están en el límite; no pueden empeorar; ¡no pueden repararse si no es con un cambio total!... ¡Que todo se confunda!... ¡que todos los elementos se envuelvan, se mezclen y choquen entre sí!... ¡Que todo se convierta en caos y que del caos salga un mundo nuevo y regenerado! "Apresurémonos, después de mil años, a cambiar estas leyes groseras". "Le Tribun du peuple", número 35. 9 frimario del año IV (30 de noviembre de 1795), págs. 79-107.

Nota: Para editar este texto se ha utilizado la siguiente biblografia: Babeuf. Ecrits presentés par Claude Mazauric. Messidor/Editions sociales. Paris, 1988. François-Noel Babeuf. Realismo y utopia en la revolución francesa. Sarpe . Biblioteca de la historia. Madrid, 1985. Irene Castells Oliván. La revolución francesa (1789-1799). Editorial Síntesis. Madrid 1997. Daniel Guerin. La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa. 1793-1795. Alianza Editorial, Madrid 1974.

[2] Babeuf confirma aquí su ateísmo, o quizá mejor, su panteísmo naturalista.

[3] Babeuf muestra aquí todo lo que su doctrina debe a la práctica del año II: tasación y requisicíón. La misma idea era entonces frecuentemente expresada y sería desarrollada por los socialistas utopistas en su proyecto de "ejércitos industriales" (Cf. M. Dommanget pages choisies..., op. cit., notas, p. 262.)

(Text publicat en el nº monogràfic de la revista Realitat, nº 59-60, quart trimestre de 1999, coordinat per Joan Tafalla sota el títol "Los orígenes del futuro: la Revolución francesa; el texto que publicó fue editado por Agustin Marcoa)