Pàgines

Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Florence Gauthier. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Florence Gauthier. Mostrar tots els missatges

dimarts, 7 de gener del 2014

«ROBESPIERRE et l'an II ou la construction d'une république démocratique et sociale» (partie 1)

PARTIE 1. Conférence du 5 mars dernier intitulée «ROBESPIERRE et l'an II ou la construction d'une république démocratique et sociale». Florence GAUTHIER a présenté et annoté le Tome XI des Œuvres de Maximilien Robespierre, publié à l'occasion du Centenaire de la Société des études robespierristes en 2007.




Pour davantage d'informations : 


Pour une Constituante

Robespierre et l'an II ou la construction d'un république démocratique et sociale ( partie 2)


PARTIE 2. Conférence du 5 mars dernier intitulée «ROBESPIERRE et l'an II ou la construction d'une république démocratique et sociale». Florence GAUTHIER a présenté et annoté le Tome XI des Œuvres de Maximilien Robespierre, publié à l'occasion du Centenaire de la Société des études robespierristes en 2007.




Pour davantage d'informations : 


Pour une Constituante


diumenge, 28 d’octubre del 2012

Robespierre y el imaginario constituyente



Robespierre, 25 de diciembre de 1793, discurso en la Convención

Parece que el modelo político y económico español se resquebraja. La alianza entre las fuerzas renovadoras del franquismo y los partidos y formaciones de la oposición, que dio paso a la Constitución de 1978, está llegando a su fin. Algunos de los problemas resueltos con prisa de huracán o peor aún, silenciados, reaparecen: auge del nacionalismo periférico y reacción del centralismo (castizo) español; supeditación de la organización política y social a la economía de mercado y sus intereses financieros; pérdida real del valor de la soberanía popular en beneficio de grupos de presión, revisionismo histórico, supresión de derechos adquiridos y merma sustancial de la protección que conlleva el estado del bienestar, entre otros. En este contexto, miles de ciudadanos están reclamando, en foros y asambleas, un nuevo pacto constitucional, es decir, el inicio de un proceso constituyente que finalice con la elección de Cortes Constituyentes y la redacción de una nueva Carta Magna que recoja las aspiraciones y anhelos de una ciudadanía moderna, hija de las identidades múltiples del siglo XXI: una república democrática. Ejecutado en la guillotina el 28 de julio (10 Termidor) de 1794, cerca de Errancis, junto con Saint-Just y veinte revolucionarios más, resulta sorprendente comprobar cómo hoy, más de dos siglos después, la cabeza política de Robespierre -el hombre, junto con el Comité de Salud Pública, que consolidó la Revolución francesa de 1789, salvando los progresos y logros de la República y su esencia democrática- sigue vagando, malherida, vilipendiada, cubierta de cal, por las cloacas de la Historia (neoliberal) cuando debería ser un referente, europeo y solidario, en tiempos de pánico institucional y zozobra ética.
La crisis financiera que arrancó el verano de 2007 está produciendo un bloqueo democrático tanto en los órganos de gobierno, centros locales de toma de decisiones, como en la vida de la comunidad. La libertad y la igualdad, pilares del sistema, están siendo amenazadas por la prevalencia de un supuesto estado de necesidad universal, estado de excepción permanente, por usar la fórmula de G. Agamben, al cual se supeditan todas las aspiraciones de transformación y progreso: “ahora no es el momento”, repiten, mantra de hielo, las instancias superiores. Hasta Juan Carlos I, Rey de España, bisagra entre la católica dictadura militar y la democracia (no es necesario recordar que juró cuantas legislaciones le pusieron delante), entra en escena pidiendo, exigiendo, unidad de acción (unidad de destino) y una devota adhesión inquebrantable al Gobierno, en este caso del PP -hubiera sido igual con el PSOE- frente a la trascendencia del desplome financiero global. Al mismo tiempo, una parte significativa de la población, los más desfavorecidos (parados, trabajadores con salarios bajos, precarizados, pensionistas, mujeres, jóvenes sin futuro), expresa su malestar siendo reprimida por el ejecutivo nacional y por los pintorescos gobiernos autónomos. Manifestaciones, ocupaciones del espacio público y demás actos cívicos de protesta -excesos y provocaciones al margen, que han existido siempre en la confrontación política- son percibidos como un ataque frontal a las instituciones democráticas que se defienden -mandan las superestructuras económicas- con la policía. Parece que la política de los políticos (y sus zafiedades), haya suplantado a la política de los ciudadanos (y sus deseos). “Cuando el gobierno viola derechos, la insurrección es para el pueblo, y para cada sector del pueblo, el más sagrado e indispensable de los deberes”, se recoge en el proyecto de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793, superador del canónico texto de 1789 (que ya reconocía, por cierto, “el derecho a resistir a la opresión”).
Sometido a instancias supranacionales -una falaz cesión de soberanía que no ha sido refrendada por la mayoría de los estados miembros de la Unión Europea- el gobierno electo acata dictados contrarios al bienestar y desarrollo integral de la mayoría social, es decir, gobierna contra su pueblo, escuchando más a las instituciones financieras mundiales (FMI, BM) que a su propio cuerpo electoral. Cuando el sistema de garantías creado por la Constitución de 1978 es incapaz de impedir o, cuando menos, frenar el deterioro del consenso y la armonía social, urge un cambio de modelo, acorde con las legítimas demandas de una ciudadanía plural, la multitudo spinozista, que “siente e interpreta” las reivindicaciones de una forma distinta a la conocida hasta la fecha (heredera del siglo XIX), y que expresa su disconformidad -desde el fenómeno del 15M hasta los movimientos que propugnan una entrada pacífica en el Congreso de los Diputados- con procedimientos novedosos. La senda constitucional abierta en 1978, que ha permitido recorrer, no sin cierto éxito, una parte del camino de la dictadura -pese a las infinitas secuelas psicológicas y sociales- a la democracia de mercado, parece que llega a una vía muerta. Los partidos mayoritarios -maquinarias de perpetuación de castas o “clase extractiva”, según terminología (liberal) de moda- se están mostrando incapaces para resolver la crisis e impedir el deterioro de la calidad democrática, y viven este “desbordamiento” democrático, “que no, que no nos representan”, bien con el temor a una pérdida de apoyo electoral (PP), bien como drama psicológico de espera beckettiana (PSOE), cuando sólo debería ser entendido, si interpretaran la realidad con lupa demoscópica, como una llamada de atención emocional, una petición de principio o natural evolución, acorde con la sorprendente naturaleza individual de la vida tecnológica y consumista (la metástasis del sistema-mundo capitalista creado a raíz de los acuerdos de Bretton Woods, 1944), donde la política, la sociedad y las relaciones laborales están mutando, sin saber bien hacia dónde, ni con qué fin, a velocidad de vértigo. Robespierre, el 10 de mayo de 1793, ante la Convención, teoriza la radicalidad democrática, eso que ahora se denomina “desbordamiento”, fijando los principios de acción y el tempo revolucionario: “Un pueblo cuyos mandatarios no deben dar cuenta de su gestión a nadie no tiene Constitución. Un pueblo cuyos mandatarios sólo rinden cuentas a otros mandatarios inviolables, no tiene Constitución, ya que depende de éstos traicionarlo impunemente y dejar que lo traicionen los otros. Si éste es el sentido que se le confiere al gobierno representativo, confieso que adopto todos los anatemas pronunciados contra él por Jean-Jacques Rousseau.” La argumentación de Robespierre, tomada de sus Discursos, editados con el título Por la felicidad y por la libertad (2005), elegante hasta en su formalidad literaria, parece escrita para momentos de déficit de soberanía y vacío de poder. Su reflexión es una mirada limpia al poder constituyente: hacia una estructura firme pero flexible, reticular, que impida, por inoperancia o miedo, la parálisis del sistema nervioso central del Estado. ¿Qué es legítimo hacer cuando los gobernantes dan la espalda a una parte, numerosa, del cuerpo electoral, y reaccionan solo ante las exigencias de las oligarquías financieras? Como sostiene Georges Labica, por debajo del pensamiento de Robespierre discurre una “política de la filosofía”.
La democracia o es virtuosa, justa y excelsa hasta el extremo, diría el abogado de Arrás, o no es democracia. Es más, o favorece el interés de la mayoría, o no merece tal nombre. Robespierre vivía obsesionado con la suerte de los desfavorecidos y el respeto a las decisiones de las mayorías. Pese a la brutalidad e ignorancia de la Historia liberal -parecido al caso de V.I. Lenin- Robespierre procuró contener los excesos jurídicos y políticos de dirigentes como Barère o Danton comportándose, en muchos instantes del proceso revolucionario, con paciencia y moderación: un “centrista” dentro del partido de la Montaña. Georges Lefebvre, uno de los primeros historiadores que desveló el velo de terror sangriento que envolvía su figura afirmó que “fue un hombre magnífico, defendió la democracia y el sufragio universal de 1789 (…) y en circunstancias normales nunca hubiera apoyado la pena de muerte ni la censura de prensa”.
El Proyecto de Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, antes citado, fue presentado ante la Convención el 24 de abril de 1793. Su articulado serviría de base a la Constitución de 1793, texto que, recuerda Albert Soboul en La revolución francesa (1966), “sería para los republicanos de la primera mitad del siglo XIX el símbolo de la democracia política”. Cuando los incesantes recortes del neoliberalismo -Alemania está ganando la guerra mundial que perdió en Stalingrado- afectan de manera indiscriminada a las prestaciones sociales se puede leer el artículo 21, repito la fecha, abril de 1793: “El socorro público es una deuda sagrada. La sociedad debe asistencia a los ciudadanos desgraciados, bien procurándoles trabajo, bien asegurando los medios de existencia para aquellos que no están en situación de trabajar.”  
Frente a la pérdida de aliento del sistema de 1978, el nuevo proceso constituyente, un renovado contrato social, con un fuerte carácter anti-individualista, debería exigir, de entrada, la recuperación de la soberanía perdida (su ser es ser en acción) y la permanente exigencia a los gobernantes de sus responsabilidades públicas. Ante el descrédito del Estado y de las instituciones, y la desconfianza que generan los políticos, minados por abusos y corrupciones, Robespierre sostenía (1793) que “el principio de responsabilidad moral -imperativo mayor de la democracia, podríamos añadir- exige además que los agentes del gobierno rindan, en épocas determinadas y con bastante continuidad, cuentas exactas y circunstancias de su gestión. Que las cuentas sean hechas públicas por la vía de la impresión y sometidas a la censura de todos los ciudadanos. Que sean enviadas, en consecuencia, a todos los departamentos, a todas las administraciones y a todas las comunas.” Cambio 16, una de las publicaciones más influyentes en la Transición, recogía unas declaraciones de Felipe González, Secretario General del PSOE, a la salida del colegio electoral, 6 de diciembre de 1978, la jornada que refrendó la Constitución. Preguntado por la vigencia del texto que se sometía a votación respondió: “Espero que decenios y decenios, y si es posible, de un siglo a dos”. Nada como el desparpajo y el tronío.
En una reciente biografía, Robespierre. Una vida revolucionaria (2012), Peter McPhee narra, a modo de conclusión, las vicisitudes del reconocimiento del revolucionario. El 30 de septiembre de 2009, el pleno municipal de la ciudad de París rechazó la moción de un concejal (socialista) que solicitaba poner el nombre de Robespierre a una calle o a una plaza en la “Ciudad de la Luz”. El concejal, perplejo, argumentó que el dirigente jacobino era “primera y principalmente un revolucionario formado por los ideales de la filosofía de la Ilustración” y no “una caricatura de un verdugo sediento de sangre”. Y un formidable antecedente, se podría añadir, para un dinámico, necesario y urgente proceso constituyente que impulse otra forma democrática de vida en común.  
Publicado en: http://www.eldiario.es/zonacritica/Robespierre-imaginario-constituyente_6_61303876.html#

dijous, 24 de novembre del 2011

Présentation de la Conspiration pour l'égalité, de Buonarroti par Florence GAUTHIER

Philippe BUONARROTI, La Conspiration pour l’égalité, dite de Babeuf, Bruxelles, 1828

Réédition faite par Georges LEFEBVRE, Paris, Les Classiques du peuple, Editions Sociales, 1957, 2 vol.
vendredi 21 octobre 2011
par Florence Gauthier





Publié dans: http://www.xn--lecanardrpublicain-jwb.net/spip.php?article543
On peut trouver la première édition du livre de Buonarroti dans: http://www.elsarbresdefahrenheit.net/ca/index.php?view_doc=833

Présentation du livre et de son auteur par Florence GAUTHIER, historienne à l’Université Paris 7-Denis Diderot.

Philippe Buonarroti naquit à Pise, en 1761, où il fit ses études. Dès sa jeunesse, il fut marqué par l’indépendance de l’île de Corse, qui s’était insurgée contre l’occupation génoise, depuis 1729, sous la direction politique de Paoli père. L’indépendance de la Corse et la Constitution républicaine et démocratique de Pascal Paoli fils, en 1755, fut un grand sujet de débats et d’enthousiasme à cette époque. Cependant en 1768, Gênes vendit, comme une vulgaire marchandise, la Corse au Roi de France qui la conquit manu militaril’année suivante. De nombreux patriotes corses cherchèrent des refuges et Pise fut l’un d’eux. Buonarroti fit partie de ces jeunes républicains qui s’enthousiasmèrent pour cette expérience, il rencontra des réfugiés corses et se lia d’amitié avec l’un d’eux, Christophe Salicetti, de quatre ans son aîné.

*

Dès le début de la Révolution en France, les Corses reprirent espoir de recouvrer leur liberté et, en août 1789, ils renversèrent le « despotisme militaire », réorganisèrent leurs communes démocratiques, leurs gardes nationales et se préparèrent aux élections de l’assemblée d’un département unique en Corse. En France, l’Assemblée constituante accepta ces prémices et autorisa les réfugiés corses à rentrer chez eux, sans excepter Pascal Paoli alors réfugié en Grande-Bretagne. Buonarroti arriva en Corse avec ses amis en décembre 1789 et fonda un journal, Giornale Patriottico di Corsica qui parut d’avril à novembre 1790.

Pendant son séjour en Corse, Buonarroti se trouva tiraillé entre son admiration pour Paoli et son amitié pour Salicetti, qui appartenait, comme les familles corses Arena ou Bonaparte, à la classe des collaborateurs privilégiés de la monarchie qui leur avait distribué, ou confirmé, l’appropriation privée de terres communales prises aux communautés villageoises.

Paoli rentra en Corse en 1790 et fut élu triomphalement président de l’Assemblée départementale. Il décida de restituer aux communes ces terres usurpées. Alors les familles privilégiées s’y opposèrent, dénoncèrent Paoli et cherchèrent à saboter sa politique, jusqu’à la rupture de juillet 1793 par laquelle les Corses reprirent leur indépendance, ce qui provoqua la fuite de ces familles privilégiées vers la France. Toutefois, l’indépendance de la Corse tourna court car Paoli fit appel aux Anglais, qui occupèrent l’île à nouveau et créèrent un Royaume anglo-corse : ce fut un échec pour la liberté corse !

Buonarroti, qui connaissait mal les réalités corses, s’était laissé conduire par son ami Salicetti. Il quitta la Corse pour la France, en janvier 1793, et la nouvelle Constitution de juin suivant lui permit de devenir citoyen français. Avait-il commencé à s’éloigner de Salicetti ? cette question demeure obscure [1].

**

On retrouve Buonarroti, sous la Convention thermidorienne, proche de Babeuf, puis acteur de la Conspiration pour l’égalité, dont il se fit l’historien, longtemps après les événements.

Réfugié à Genève puis à Bruxelles, il conserva des relations amicales avec de nombreux conventionnels français réfugiés, comme Prieur de la Marne, Barère, Vadier, même s’il ne partageait pas leurs opinions. Il se consacra à tisser des liens entre les divers mouvements révolutionnaires européens, condamnés à la clandestinité dans des sociétés secrètes comme la charbonnerie, les sociétés Aide-toi, les Amis du peuple, les Droits de l’homme et bien d’autres.

Buonarroti publia La Conspiration pour l’égalité, dite de Babeuf en 1828 à Bruxelles, livre dans lequel il offre un bilan critique de la Révolution française et des leçons qu’il jugeait utiles de transmettre aux amis de la liberté, à une époque où la chape de la répression écrasait l’Europe tout entière. Face à la restauration royaliste et catholique les courants d’opposition se distribuaient en monarchistes constitutionnels, comme le proposait La Fayette pour la France ; en saint-simoniens, qui rêvaient, avec une générosité proclamée, d’une industrialisation à capital privé toutefois, et offraient à un aréopage de techniciens savants le gouvernement du monde entier ; de « libéraux » prudents, qui souhaitaient protéger leur fortune à l’ombre d’une aristocratie distinguée par son costume sombre et un visage blêmi par l’abus du refoulé.

Pour sa part, Buonarroti décelait les dangers d’un progrès matériel devenu un déterminisme historique qui tuait la liberté humaine. Il constatait que la misère des classes pauvres s’amplifiait et que les conditions de vie du prolétariat étaient pires encore que celles des esclaves et des serfs : il prenait la défense du grand apport révolutionnaire de la souveraineté populaire, de la démocratie et des droits accompagnant nécessairement, à ses yeux, la dignité humaine.

Son livre lui ouvrit de nouveaux sillons. Il fut lu, traduit et accompagna les dernières années de son auteur qui mourut en 1837. Les mots « montagnard », « droit d’association », « niveleur », « droits politiques », « fraternité universelle » réapparurent dans les rues et les chansons populaires et irriguèrent des sociétés secrètes italiennes, françaises, belges.

En Grande-Bretagne, James Bronterre O’Brien traduisit la Conspiration pour l’égalité en 1836 et réédita lesDroits de l’homme de Thomas Paine. O’Brien, « le maître d’école du chartisme », entra en contact avec Buonarroti : la démocratie et les droits du prolétariat furent le ciment de leur entente et permit de renouer avec l’histoire des peuples en lutte contre l’expropriation capitaliste : le chartisme devint un mouvement ouvrier de masse en Grande-Bretagne, mena campagne pour une réforme électorale réellement démocratique et constitua un tournant dans l’histoire de ce pays. En témoignent aussi les honneurs de la calomnie par les défenseurs de la propriété privée exclusive, qui traitèrent ces sociétés secrètes d’illuminisme et d’irréalisme…

Ce fut à cette époque que Buonarroti se lia d’amitié avec Marc René Voyer d’Argenson (1771-1842), qui fut préfet en Belgique en 1809, mais démissionna car il refusait l’occupation. Penseur libre, il se mit au service des réformes sociales et sa rencontre avec Buonarroti et son livre, en 1830, firent de lui un socialiste, qui prit la défense du prolétariat et milita activement en faveur du droit d’association des ouvriers et de la grève générale comme moyens de transformation de la société. Buonarroti et Voyer d’Argenson furent inséparables, habitèrent ensemble et furent enterrés dans la même tombe [2].

***

L’extrait choisi ici ouvre le livre de Buonarroti et présente une synthèse de l’histoire de la Révolution française de 1789 au 9 thermidor an II-27 juillet 1794 qui déploie le caractère démocratique et populaire de cet événement, défiguré depuis en Terreur sanglante et en dictature d’apprentis sorciers pour certains, en « révolution bourgeoise » pour d’autres [3].

Albert Mathiez, le grand historien de cette grande révolution démocratique et sociale, a consacré, en 1927, un remarquable article à ce livre de Buonarroti qui mérite d’être rappelé et dont je cite le passage suivant :

« Je ne connais pas de résumé plus impressionnant et plus vrai de l’histoire de la Révolution que les cinquante premières pages qui servent d’introduction à la Conspiration pour l’égalité. Buonarroti y expose avec une simplicité lucide admirable les raisons supérieures qui ont dirigé les événements. Avant que Karl Marx ait formulé la théorie de la lutte des classes, il va chercher dans l’antagonisme des groupes sociaux et dans le conflit des intérêts et aussi dans les éternelles passions humaines, l’explication dernière des crises multiples qui se sont succédé. Aucun historien, même Louis Blanc, n’a atteint à la précision et la profondeur de ses raccourcis lumineux [4]. »

Le moment est venu de faire connaissance avec ces pages de Philippe Buonarroti.

Extrait choisi :
PDF - 10.9 Mo
Philippe BUONARROTI, La Conspiration pour l’égalité, dite de Babeuf.

[1] Les meilleures études sur la Corse au XVIIIe siècle demeurent celles de Jean DEFRANCESCHI,Recherches sur la nature et la répartition de la propriété foncière en Corse, de la fin de l’ancien régime jusqu’au milieu du XIXe siècle, Ajaccio, Editions Cyrnos, 1986 ; La Corse française, 30 novembre 1789-15 juin 1794, Paris, Société des Etudes Robespierristes, 1980 et La Corse et la Révolution française, Ajaccio, Editions Cyrnos, 1991. Voir aussi Pascal PAOLI, La Constitution de 1755, texte intégral traduit et annoté par Dorothy Carrington, Ajaccio, La Marge, 1996 ; Florence GAUTHIER, Triomphe et mort du droit naturel en révolution, 1789-1795-1802, Paris, PUF, 1992 qui intègre l’histoire de la Corse à celle de la Révolution française.

[2] Voir le beau travail d’Alessandro GALANTE GARRONE, Buonarroti et les révolutionnaires du XIXe siècle, (Turin, 1951) trad. de l’italien Paris, Champ Libre, 1975.

[3] La dernière offensive contre la Révolution française cumule les effets d’un pseudo-féminisme académique, qui veut voir dans la Déclaration des droits de l’homme et du citoyen de 1789, l’affirmation de la domination des « mâles » contre les « femelles », et ceux d’un postcolonialisme qui croit voir dans ce qu’il nomme « jacobinisme » : « la domination d’une couleur, d’une religion et d’un genre, un universalisme donc blanc, masculin et catholique »…, selon Esther BENBASSA, « La France en situation postcoloniale ? », n° spécial deMouvements, sept. 2011. Voir d’urgence la réponse de Marc BELISSA et Yannick BOSC sur le site revolution-francaise.net, « L’essence du jacobinisme : un universalisme blanc, masculin et catholique ? ».

[4] Albert MATHIEZ, « La politique de Robespierre et le 9 thermidor, expliqués par Buonarroti », Annales Révolutionnaires, 1910, rééd. dans Etudes sur Robespierre, Paris, Editions Sociales, 1973, pp. 251-280. Mathiez a publié dans cet article, pp. 266-278, un manuscrit de Buonarroti Bibliothèque nationale, Mss, f. fr. nouv. acq. 20804.