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dissabte, 28 de setembre del 2019

Rosa Luxemburgo: De la “cuestión nacional”
y el imperialismo a la dialéctica de la revolución.



De la “cuestión nacional”
y el imperialismo a la dialéctica de la revolución; la relación de espontaneidad y conciencia con la organización en las disputas con Lenin (1904, 1917) 
Raya Dunayevskaya
Fragmento del capítulo IV del libro de Raya Dunayevskaya, Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución. La Habana, Editorial filosofi@.cu, 2017, pp. 131-145. No se incluye la parte dedicada al debate con Lenin sobre la cuestión de la organización,

La causa es la etapa más alta en que la Noción 
concreta como principio tiene una existencia 
inmediata en la esfera de la necesidad; 
pero aún no es un sujeto. 
G. W. F. Hegel: Ciencia de la lógica 

La dialéctica inconclusa: la cuestión polaca y el internacionalismo 
Desde los comienzos de Rosa Luxemburgo en el movimiento marxista, el internacionalismo fue su más distintiva marca revolucionaria cuando ella y Jogiches aparecieron por primera vez en el escenario de los exiliados polacos en Zurich, rompieron con el Partido Socialista Polaco (PSP) y establecieron un nuevo partido, la Socialdemocracia del Reino de Polonia (SDRP). Aunque su oposición tenaz, inflexible, intransigente y porfiada al “derecho de las naciones a la autodeterminación” en general y a la de Polonia, su tierra natal, en particular, iba contra la posición de Marx, Luxemburgo consideró que su actitud constituía la única posición verdadera, proletaria e internacionalista. En su primera aparición en un Congreso Socialdemócrata en 1896, la joven dio una conferencia a los experimentados dirigentes ortodoxos de la Segunda Internacional, los directos continuadores y herederos del marxismo, diciéndoles que no sabían absolutamente nada acerca de la “cuestión polaca”, y que la prueba de ello era su reconocimiento del PSP, que no era más que de “nacionalistas”, si no abiertamente “patriotas sociales”. 
Sostuvo Luxemburgo que la situación objetiva había cambiado completamente desde la época de Marx, cuando casi no había movimiento proletario, mucho menos revolucionario; ahora, en cambio, había un movimiento revolucionario marxista tanto en Rusia como en Polonia. Y Polonia no solo estaba económicamente integrada al imperio zarista, sino que industrialmente estaba más avanzada que la propia Rusia. En los dos años siguientes, Luxemburgo continuó trabajando en su tesis para el doctorado, El desarrollo industrial de Polonia, que había de probar su punto de vista. Aunque nadie convino con su actitud hacia la autodeterminación, la Internacional sí reconoció al SDRP como partido marxista oficial de Polonia. Al cabo de cuatro años, los marxistas lituanos se unieron al SDRP, que así se convirtió en el SDRPIL. 
Rosa Luxemburgo nunca abandonó su oposición a la autodeterminación de las naciones, antes de la revolución ni durante ella. Cuando Jogiches, que había colaborado en la tesis original de oposición a la “cuestión nacional”, sintió, sin embargo, que no era apropiado ni oportuno que ella mostrara tan claramente su oposición a la actitud de Marx ante la cuestión, al estallar la Revolución de 1905 en Polonia ella respondió: “El temor a que yo dé gran importancia a nuestra contradicción con Marx me parece infundado. En realidad, todo debe considerarse como una triunfante reivindicación del marxismo. Nuestra clara ‘revisión’ impresionará tanto más a nuestros jóvenes”. Añadió una posdata: “En el peor de los casos, cualquier impresión de desacuerdo directo con Marx podrá alterarse con unos pequeños retoques”.[1]
Contra la idea de los antileninistas que han escrito voluminosamente que la Gran Separación entre Rosa Luxemburgo y Lenin se centró en la cuestión organizativa, la salida de los partidarios de ella del famoso Congreso Socialdemócrata Ruso no ocurrió por la cuestión organizativa, sino por la cuestión nacional. Cierto es que ella escribió contra Lenin sobre la cuestión de la organización, pero ello fue después del congreso y, nuevamente, durante la Revolución de 1917. Aquí se trata de que, aunque Luxemburgo no asistió al congreso de 1903, ingresó en el partido en 1906, aun cuando el famoso “Punto 9” del programa del partido, hacia la autodeterminación, siguiera siendo exactamente el mismo que en el congreso de 1903. La revolución siempre fue la fuerza vital de las actividades de Luxemburgo, de sus principios, de sus escritos. La revolución era la fuerza unificadora, lo que no quiere decir que ella dejara de escribir críticas; todo lo contrario. En 1908-1909, elaboró su declaración más comprensiva en seis extensos artículos, a los que tituló “El problema de la nacionalidad y la autonomía”. 
Así como algunos antileninistas tratan de hacer que la cuestión organizativa, y no la cuestión nacional, sea el punto de ruptura entre Lenin y Rosa Luxemburgo, otros actúan como si Lenin no hubiese “refutado” la tesis de Luxemburgo de 1908-1909.[2] En realidad una de las más grandes contribuciones de Lenin es precisamente su obra sobre la cuestión nacional antes y después de la guerra, y después de que él mismo había subido al poder. Todo el mundo, desde Marx y Engels hasta Kautsky y Bebel y hasta Plejánov y Lenin (absolutamente todos en el movimiento marxista internacional, fuera del propio grupo de Luxemburgo), se opusieron a su posición. Sin embargo, nada pudo hacer que la abandonara. 
Rosa Luxemburgo comenzó su tesis más comprensiva sobre el “problema de la nacionalidad” atacando la actitud rusa (el “Punto 9” del programa del RSDLP) “de que todas las nacionalidades que forman el Estado tienen el derecho de autodeterminación”. Reconoció que (aunque “a primera vista” pareciera “una paráfrasis del viejo lema del nacionalismo burgués expresado en todos los países y en todos los tiempos: ‘El derecho de las naciones a la libertad y la independencia’”) era cierto que la socialdemocracia rusa también estaba en pro de la lucha de clases y la revolución. Sin embargo, sostuvo Luxemburgo, triunfante, “no ofrece lineamientos prácticos para la política cotidiana del proletariado, ni solución práctica a los problemas de la nacionalidad”. Habiendo reducido el principio marxista de autodeterminación casi a lo mismo que el “nacionalismo burgués”, puesto que “prácticamente” no ofrecía nada, Rosa Luxemburgo procedió a derribar a aquel “hombre de paja”. Concluyó que la autodeterminación era simple “utopía”: bajo el capitalismo es imposible de lograr y ¿para qué la puede necesitar alguien en el socialismo? 
Cuando Rosa Luxemburgo se enfrentó a Marx por la cuestión nacional, solo planteó el punto de que aquello era caduco. La disputa se condujo como si solo se tratara de que “ortodoxo” quería decir que Marx no podía equivocarse. Pero no era cuestión de que Marx pudiera o no pudiera equivocarse, ni se trataba tampoco de que la situación objetiva no pudiera cambiar. Era cuestión de dialéctica, de la metodología al enfocar los opuestos. Toda cuestión de metodología dialéctica y la relación de ella con la dialéctica de la liberación, donde se había planteado, habían parecido “abstractas” a Rosa Luxemburgo. Al buscar una nueva teoría que respondiera a los “nuevos hechos” la dialéctica de la liberación le pasó inadvertida. Por desgracia, lo mismo ocurrió a las nuevas fuerzas de la revolución en la lucha nacional contra el imperialismo
Rosa Luxemburgo no podía ignorar la posición de Marx, expresada innumerables veces y en innumerables lugares, y la atacó con bastante frecuencia; sin embargo, acaso no conocía la carta que el 7 de febrero de 1882 escribió Engels a Kautsky sobre “nacionalismo, internacionalismo y la cuestión polaca”.[3] Tiene especial importancia para nosotros, aquí, porque fue escrita pocas semanas después de que Engels hubiera colaborado con Marx en un nuevo prólogo para la edición rusa del Manifiesto comunista, fechada el 21 de enero de 1882. Es de especial pertinencia para la problemática de todas las discusiones acerca de la Revolución de 1905, no solo por discutirla mientras estaba ocurriendo (1905-1907), sino que reapareció en la disputa de 1910 con Kautsky, cuando se trató de la relación entre la “atrasada” Rusia y la “avanzada” Alemania. En el prólogo de 1882 se había predicho que una revolución podía ocurrir antes en Rusia y triunfar si “se volvía” la señal de la revolución proletaria en Occidente. Desde luego, esto añadió ímpetu a toda la cuestión de Polonia, que por entonces era parte del imperio ruso. 
La carta de Engels a Kautsky dice lo siguiente: 
“Los socialistas polacos que no ponen la liberación de su país a la cabeza de su programa me parecen a mí como los socialistas alemanes que no exigen ante todo la derogación de la ley socialista, la libertad de presa, de asociación y de asamblea [...] No importa si una reconstitución de Polonia es posible antes de la próxima revolución. En ningún caso tenemos la tarea de apartar a los polacos de sus esfuerzos de luchar por las condiciones vitales de su desarrollo futuro, o persuadirlos de que la independencia nacional es cuestión muy secundaria desde el punto de vista internacional. Por el contrario, la independencia es la base de toda acción internacional común [...] Nosotros en particular no tenemos ninguna razón para bloquear su irrefutable esfuerzo por la independencia. En primer lugar, han inventado y aplicado en 1863 el método de lucha [...]; y en segundo lugar fueron los únicos lugartenientes capaces y leales de la Comuna de París.”
Simplemente no era cierto, como había afirmado Rosa Luxemburgo, que la situación objetiva hubiera cambiado tan drásticamente desde la época de Marx que se necesitase una nueva tesis; y tampoco, en ningún caso, que no hubiera absolutos en el marxismo. Desde luego, la autodeterminación nacional no era “un absoluto”, pero tampoco era algo limitado a los decenios de 1840 o 1860. Marx siempre tuvo una visión global y la oposición al zarismo ruso fue lo que fue por entonces: el contrapunto de la reacción europea. Cuando Marx, al pronunciar su discurso clave en la celebración de la Internacional del 4.° aniversario del levantamiento polaco de 1863, llamó a los polacos “veinte millones de héroes entre Europa y Asia”, no solo se trataba de la autodeterminación de la nación, sino que era cuestión de potencial revolucionario. De manera similar, señaló el papel de aquellos en la Comuna de París. 
En una palabra, contraponer la lucha de clases, para no mencionar la revolución, con la “cuestión nacional” como Marx la analizó, es transformar la realidad en una abstracción. No solo no cambió tan drásticamente la situación objetiva en la época de Rosa Luxemburgo, ante la cuestión nacional, de como había sido en la época de Karl Marx, sino que la autodeterminación como potencial revolucionario exigió un ensanchamiento del concepto mismo de una filosofía de la revolución como totalidad. 
Sin embargo, Rosa Luxemburgo continuó desarrollando sus diferencias, tanto en la cuestión de la ideología como en la cuestión de la producción: 
“Cualquier ideología es, básicamente, solo una superestructura de las condiciones materiales y de clase de una época dada; sin embargo, al mismo tiempo, la ideología de cada época contempla hacia atrás los resultados ideológicos de las épocas precedentes, mientras que, por otra parte, tiene su propio desarrollo lógico en cierta área. Esto queda ilustrado por las ciencias, así como por la religión, la filosofía y el arte [...] Como la moderna cultura capitalista es heredera de la continuadora de anteriores culturas, lo que desarrolla es la continuidad y la calidad monolítica de una cultura nacional [...] 
El capitalismo aniquiló la independencia polaca pero al mismo tiempo creó la moderna cultura nacional polaca. Esta cultura nacional es producto indispensable dentro del marco de la Polonia burguesa; su existencia y desarrollo son una necesidad histórica, conectada con el propio desarrollo capitalista”.[4]
Lo que resulta irónico es que, sin cambiar nunca su posición “general” de que la “cultura nacional” era “indispensable” para la burguesía, Rosa Luxemburgo insistiera en la autonomía del SDRPIL, aun después de haberse “fundido” con la socialdemocracia rusa. 
El estallido de la Primera Guerra Mundial no contuvo la oposición de Luxemburgo a la autodeterminación. Antes bien, el escándalo de la traición a la Segunda Internacional hizo más profunda su convicción de que el internacionalismo y el “nacionalismo”, incluso la cuestión de la autodeterminación, eran opuestos absolutos. Al momento ella se movilizó para combatir a los traidores. Con el seudónimo de Junius, produjo el primer gran grito contra la traición. La crisis de la socialdemocracia habló con la mayor elocuencia: 
“El “mundo civilizado” que contempló impasible cómo este mismo imperialismo consignaba decenas de miles de hereros a la destrucción más horrible y llenaba el desierto del Kalahari con los gritos desesperados de quienes perecían de sed y las agonías de los moribundos; mientras en Putumayo, en 10 años, 40.000 seres humanos fueron martirizados por una pandilla de barones industriales europeos, y el resto del pueblo fue mutilado a golpes; mientras en China una antigua cultura era abierta a todas las abominaciones de la destrucción y la anarquía, entre los incendios y los asesinatos de la soldadesca europea; mientras Persia, impotente, se sofocaba bajo el nudo cada vez más estrecho del despotismo extranjero; mientras en Trípoli los árabes habían de inclinarse bajo el yugo del capital, a sangre y fuego, arrasadas por igual su cultura y sus moradas, este “mundo civilizado” solo hoy ha tomado conciencia de que la mordida de la bestia imperialista es fatal, de que su aliento es infamia.[5]
No obstante, la quinta tesis de “Junius” declara: 
“En la época del imperialismo triunfante no puede ha- ber más guerras nacionales. Los intereses nacionales solo pueden servir como medios de engaño para traicionar a las masas trabajadoras del pueblo, ante su enemigo mortal, el imperialismo [...] 
Es cierto que el socialismo reconoce a cada pueblo el derecho de independencia y la libertad de gobernar independientemente sus propios destinos. Pero es una verdadera perversión del socialismo considerar la actual sociedad capitalista como expresión de esta autodeterminación de naciones”. 
Concluye “Junius”: “Mientras existan Estados capitalistas, es decir, mientras la política mundial imperialista determine y regule la vida interna y externa de una nación, no podrá haber ‘autodeterminación nacional’ ni en la guerra ni en la paz”. 
Por grande que fuera la solidaridad que recorrió a los internacionalistas revolucionarios en el exterior (incluyendo a Lenin, desde luego), cuando se recibió aquel escrito antibélico desde Alemania, Lenin (quien no sabía que Junius era Rosa Luxemburgo) se escandalizó al leer en el mismo escrito aquel análisis que se oponía a la autodeterminación nacional y le contraponía la “lucha de clases”. Era precisamente lo opuesto de su propia actitud, no porque él todo el tiempo hubiese defendido el derecho de las naciones a la autodeterminación, sino porque, donde antes había habido solamente un principio, ahora consideraba que también se trataba de la vida misma de la revolución y sostenía firmemente que la lucha por la autodeterminación nacional podía volverse uno de los “bacilos” para una revolución socialista proletaria. Escribió Lenin: 
“Al decir que la lucha de clases es el mejor medio de defensa contra la invasión, Junius solo aplicó a medias la dialéctica marxista, dando un paso por el camino correcto e inmediatamente desviándose de él. La dialéctica marxista pide un análisis correcto de cada situación específica [...] La guerra civil contra la burguesía también es una forma de lucha de clases. 
No hay la menor duda de que los marxistas holandeses y polacos que se oponen a la autodeterminación pertenecen a los mejores elementos revolucionarios e internacionalistas de la socialdemocracia internacional. ¿Cómo es posible, entonces, que su razonamiento teórico sea, como hemos visto, solo un puñado de errores? Ni un solo argumento general correcto; nada más que “economismo imperialista”.[6]
“Economismo imperialista” significa subordinar al nuevo Sujeto (las masas coloniales, que seguramente se levantarían) al poderío abrumador del país imperialista. Para Lenin, todo el punto, siempre, por decirlo así, fue que “Toda la opresión nacional provoca la resistencia de las grandes masas del pueblo; y la resistencia de una población oprimida a nivel nacional siempre tiende a la revuelta nacional”.[7] Era absolutamente imperativo ver la única dialéctica en la revolución y en el pensamiento cuando estalló la rebelión en Irlanda. Como dijo Lenin: “la dialéctica de la historia es tal que naciones pequeñas, impotentes como factor independiente de la lucha contra el imperialismo, desempeñan una parte como uno de los fermentos, uno de los bacilos que ayudan al verdadero poder contra el imperialismo a salir de la escena, a saber, el proletariado socialista”.[8]
Este habría sido precisamente el punto de vista de Rosa Luxemburgo si el proletariado hubiese sido la masa en cuestión; eso fue, precisamente, lo que ella quiso decir con “espontaneidad”; pero habiendo juzgado que la autodeterminación nacional era “burguesa”, habiendo visto los grandes sufrimientos de las masas coloniales, pero no la dialéctica de su creatividad, no modificó su antigua posición. Irlanda había sido el país empleado por Luxemburgo como “prueba” para oponerse a la autodeterminación nacional y desde antes de la Rebelión de Pascua (cuando Lenin pensó que Rosa Luxemburgo no conocía la posición de Marx ante la independencia de Irlanda) Lenin había considerado la actitud de Luxemburgo como de “divertida audacia”, y repitió su con- traste entre ella misma como “práctica” y los que favorecían la autodeterminación nacional como “utópicos”. Escribió Lenin: “Mientras declara que la independencia de Polonia era una utopía, y lo repite ad nauseam, Rosa Luxemburgo exclama irónicamente: ¿por qué no exigir la independencia de Irlanda? Es obvio que la ‘práctica’ Rosa Luxemburgo no conoce la actitud de Karl Marx ante la cuestión de la independencia de Irlanda”.[9]
Ahora que era cuestión, no de conocer la posición de Marx, sino de enfrentarse a la guerra imperialista y la revuelta de las masas coloniales, Lenin atacó a todos, especialmente a los bolcheviques, que se oponían a la autodeterminación nacional diciendo que su posición era nada menos que “economismo imperialista”. 
Los admiradores de Rosa Luxemburgo, de su partido o no por igual, no saben cómo explicar su posición ante la cuestión nacional; ello se ha atribuido a todo, desde “orígenes faccionales” (ella había surgido como revolucionaria internacionalista marxista en la lucha contra el “nacionalismo” del Partido Socialista Polaco) hasta “demencia”. “No hay otra palabra para describir esto”, concluyó George Lichtheim, pidiendo a sus lectores 
“hacer una pausa aquí. El tema está cargado de pasión. Fue la cuestión central de la vida política de Rosa Luxemburgo [...] Fue la única cuestión en que estuvo dispuesta a romper con sus asociados más cercanos y a desafiar a la cara toda autoridad, incluso la de Marx. ¡Polonia había muerto! ¡Nunca podría resucitar! ¡Hablar de una nación polaca, de una Polonia independiente no solo era demencia política y económica! Era una distracción de la lucha de clases, una traición al socialismo [...] Solo una cosa contaba: la fidelidad al internacionalismo proletario como ella lo comprendía (y como el pobre Marx, claramente no lo había comprendido). En este punto y solo en él, Rosa fue intratable [...] Una de las aberraciones más extrañas que jamás poseyeran a tan grande intelecto político”.[10]
El nacimiento del Tercer Mundo en nuestra época nos ha facilitado no caer en la trampa de contraponer “internacionalismo” y “nacionalismo”, como si en todo tiempo fuesen absolutos irreconciliables. En manos de un revolucionario como Frantz Fanon, la relación dialéctica de los dos fue bellamente desarrollada al expresar la idea hasta de un absoluto, como si fuese un lema de batalla. Escribió en Los condenados de la tierra
“La historia nos enseña claramente que la batalla contra el colonialismo no corre a lo largo de líneas rectas de nacionalismo [...] La conciencia nacional, que no es nacionalismo, es la única que nos da dimensión internacional [...] El desafío de los aborígenes al mundo colonial no es una confrontación racional de puntos de vista. No es un tratado sobre lo universal, sino la confusa afirmación de una idea original propuesta como absoluto [...] Por Europa, por nosotros mismos y por la humanidad [...] hay que [...] desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear un hombre nuevo”.[11]
Aun si no salimos del marco histórico del periodo de Rosa Luxemburgo, la psicologización de Lichtheim no es respuesta. En cambio, hemos de enfrentarnos a la ambivalencia de su posición ante la espontaneidad y la organización, considerándola dentro del marco de su compromiso total, a un mismo tiempo con la acción espontánea de las masas y con el partido de la vanguardia. 
La dificultad de desenredar esto no se reduce fácilmente por la interminable serie de mitos y calumnias acerca de la actitud de Rosa Luxemburgo ante la organización, como si todo lo que estuviera en cuestión fuese Luxemburgo la demócrata contra Lenin el dictador. Donde estos re-escritores de la historia empezaron cambiando el título al tema mismo de la crítica hecha por Luxemburgo en 1904 a Lenin (que ella llamó “Cuestiones organizativas de la socialdemocracia” y que ellos deformaron para decir “¿Leninismo o marxismo?”), es necesario, en cambio, seguir la articulación dada por Luxemburgo al problema.[12] Es bastante claro que Rosa Luxemburgo se opuso al concepto leninista de organización, pero igualmente claro es que estaba criticando a Alemania tanto como a Rusia y sosteniendo que cada una tenía igual “status histórico”. Muy por encima de todas sus críticas, así como de su aprobación, estaba no la cuestión de la organización sino el concepto de revolución. Y al ser así, la cuestión organizativa ocupó un lugar subordinado durante todo el decenio siguiente. Lo que sí predominó, y lo que la acercó a Lenin, fue la verdadera Revolución de 1905. 
(…)
Raya Dunayevskaya


[1] Véase su carta a Jogiches del 7 de mayo de 1905, en Roza Luksemburg Listy do Leona Jogichesa-Tyszki, vol. 2, 1900-1905. 
[2] Véase la introducción de Horace B. Davis a Rosa Luxemburgo: The National Question: Selected Writings by Rosa Luxemburg, p. 9. “El problema de nacionalidad y autonomía”, traducido como “La cuestión nacional y la autonomía”, está incluido en esta obra, junto con otros escritos fundamentales de Rosa Luxemburgo sobre la cuestión nacional. No es porque Estados Unidos esté tan “atrasado” en cuestiones teóricas por lo que no se hizo allí una traducción inglesa de la obra de 1908 de Rosa Luxemburgo, hasta 1976. Antes bien, esta obra fundamental contradecía tan flagrantemente la realidad, que no hubo interés en traducirla a otros idiomas. Como una vez dijo Lenin: “Ningún marxista ruso pensó jamás en censurar a los polacos [...] Los rusos deben cuestionar en favor de su independencia”. 
[3] Fue publicado por primera vez en Moscú, en 1933, en Briefe an A. Bebel, W. Liebknecht, K. Kautsky und Andere. Se ha traducido como parte de The Russian Menace to Europe, pp. 116-120. 
[4] Rosa Luxemburgo: The National Question: Selected Writings by Rosa Luxemburg, pp. 253-255.
[5] Rosa Luxemburgo: Gesammelte Werke, vol. 4, p. 161. Este escrito es universalmente conocido como el panfleto de “Junius”, por la firma empleada por Rosa Luxemburgo. La reproducción de este escrito en Rosa Luxemburg Speaks, editado por Mary-Alice Water, contiene un fantástico error al referirse a los hereros condenados a destrucción como “decenas de miles de héroes” (p. 326). 
[6] V. I. Lenin: Selected Works, vol. 19, pp. 210 y 293, respectivamente.
[7] Ibídem, p. 248.
[8] Ibídem, p. 303.
[9] Ibídem, vol. 4, p. 274.
[10] Véase la crítica de George Lichtheim a la biografía de Rosa Luxem- burgo realizada por Peter Nettl, en Encounter, junio de 1966.
[11] Frantz Fanon: Wretched of the Earth, pp. 121, 198, 233 y 255. 
[12] Se necesitó llegar a 1971 antes de tener una traducción nueva y correcta de este ensayo The Selected Political Writings of Rosa Luxem- burg. El más célebre y presuntuoso es el que fue incluido en el libro de Rosa erróneamente titulado The Russian Revolution and Leninism or Marxism?, al que Bertram D. Wolfe añadió su propia introducción.